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FRAGMENTO DE "EL REINO DEL ESPÍRITU" (novela de Alejandro Maciel)

lunes, 26 de enero del 2009 a las 23:28

LA SIBILA DE CUMAS

(Fragmento de “El reino del espíritu”, novela)

Alejandro Maciel.

La Falsa Coral y la Tábana temblaban de espanto en medio del bosque oscuro y cuando intentaron interpelar a los pajarracos que lustraban el sarcófago en la copa del árbol, éstos ya no estaban en su sitio. Habían terminado el ataúd que repentinamente cayó pesadamente desde la altura, abriéndose al chocar con el césped.
Las dos corrieron a ver lo que contenía, porque hasta a la distancia era evidente que algo contenía.
-¿No es una... momia o algo así? -preguntó algo estúpidamente la Coral.
-Eso parece -concedió la Tábana, rascándose la cabeza.
Arrollado en lienzos algo rasposos, liado por medio de vendas envueltas sobre su eje, un cuerpo reposaba en el fondo de un sarcófago que a su vez contenía el ataúd que habían terminado los Carpinteros. La tapa del féretro, lustrada casi como la piel de un espejo, tenía tallada en la cabecera las facciones de una mujer con semblante sereno, tocada con las alas de un águila que cubrían la cabeza y los flancos del rostro, enmarcándolo con las plumas de oro.
-¿No me harán preguntas?  -dijo una voz oscura entre las ataduras.
-¡Está viva! -saltó La Falsa Coral un poco temerosa.
-¿Quién es usted? -interpeló la Tábana, armándose de coraje porque estaba muerta de miedo.
-La Sibila de Cumas -declaró la voz, y agregó-: ¿por qué no me descubren la cara que no soporto más estos apósitos?
-Ya va, señora -atinó a decir la Falsa Coral, empujando casi a la Tábana hacia la momia que empezaba a moverse como una oruga gigante y blanca.
Una delegación  de pequeños demonios cornudos e insolentes apareció entre las matas. Venían tarareando un tema de los Rolling Stones, los del frente con quepis que tenían estampada la bandera de E.E.U.U. con sus estrellitas sobre la visera. Otros calzaban zapatillas deportivas y jeans gastados; tres de ellos con latitas de gaseosas, colas y hamburguesas que masticaban con fruición. El que los comandaba, un Capitán corpulento al que llamaban “Alocer” impartía órdenes a diestra y siniestra entre trago y trago de cerveza.
-¡Vuelvan a atornillar las bisagras de la tapa! -indicó a tres peones cuyas colas viboreaban de fastidio.
-Ustedes -advirtió a otros cadetes rojizos y malignos- ¡cuidado con robar el oro de la corona! ¡Lústrenlo aunque sea con sus malditas lenguas!
Se recostó contra un tronco alzando una de las piernas mientras observaba atentamente los trabajos de los que parecían ser sus revoltosos dependientes. Arrugó la lata de cerveza con la mano y la tiró lejos. Después pareció descubrir algo que no le gustó y empezó a gritar:
-¡Quiten la mascarilla mortuoria antes de sacar las vendas! -ordenó a los dos diablillos pálidos que intentaban desamortajar a la momia.
-¡Apuesto mi medalla olímpica -alardeó, enseñando un trofeo brillante que le colgaba del cuello- a que éstos bastardos no terminan su trabajo antes de tres minutos y medio, como siempre, -desafió, poniendo en marcha un cronómetro montado sobre su reloj pulsera. Cuatro diablesas un poco rechonchas lo seguían, dos fumaban cigarrillos negros que olían a petardos; de tanto en tanto agitaban bastones con flecos de colores como si animaran un festival barrial.
-¡Es la vieja bruja de nuevo! -comentaron un poco decepcionados los demonios pálidos que tenían la misión de desenmascarar a la momia, al quitarle la mortaja.
-¡Más bruja será tu madre! -replicó la Sibila enojada.
El Capitán arrancó una ramita del árbol y la arrojó maldiciendo el desorden:
-¡Basta de discusiones! ¿Ya terminaron su tarea? -preguntó a la legión-, entonces ¡a formar para regresar marchando a la base de operaciones! Un, dos, un, dos...
Disciplinadamente el batallón enfiló hacia el sitio por donde habían aparecido perdiéndose en la espesura de la noche, siempre cantando el tema de los Rolling Stones que se fue confundiendo con el gemido del viento al correr entre las ramas.
-¡Ya me estaba asfixiando con tanto trapo! -dijo la Sibila cuando terminaba de quitarse los envoltorios fúnebres que olían a cilantro y mirra. Pudieron ver que era una anciana muy avejentada, con la piel curtida por tantas arrugas que parecía una maorí tatuada para una fiesta selvática. En los brazos casi sólo quedaban los huesos forrados de venas y cuero fláccido y marrón. El cuello se alzaba anguloso al sostener el cráneo amarillento en el que únicamente los ojos tenían resto de vida. Llevaba los cabellos atados en un rodete blanco ceniza con las puntas pardas. Una vena que salía del escote, le saltaba al hablar.
-¿Por qué las pompas egipcias si usted es romana? -preguntó la Tábana.
-¡Ah, ésto! -entendió la Sibila señalando el sarcófago y las vendas-. Sucede que en el Averno están todos caducos. No mueren, pero la demencia senil hace estragos. Empezando por Plutón y Proserpina, que se creen adolescentes y comen chocolatines tomados de la mano. Minos está peor ¡y es el Juez! Ya va la tercera vez que me condena al Tártaro y no estoy muerta. Me confundió con la Reina Haepsu y me envió  al perro de Anubis. Él no está tan caduco pero tiene cataratas y casi no ve. Me sepultó según el ritual del Libro de los Muertos. Y no estoy muerta todavía.
-¡Pero estuvo entre los muertos! -reclamó vivamente la Coral.
-Sí. Estuve.
-Entonces, está muerta -dijo con aire triunfante la Coral- porque los muertos nunca se mezclan con los vivos.
-Aquí tenemos un problema, según su lógica, querida -atacó con sorna la Sibila-. Si es como usted dice, o bien las dos están muertas, o yo estoy viva. Pero es obvio que estamos hablando de igual a igual.
-Entonces, usted está viva -se apuró a conceder la Coral.
-O bien todas estamos soñando -completó la Sibila con una risita maligna.
-¿Cómo es que la sepultaron estando viva? -quiso saber la Tábana.
-¿Quieren saber mi historia? -consultó la Sibila.
-¿Qué hay detrás de la muerte? -dijo por respuesta la Coral, muy ansiosa.
-Nada -fue la contestación seca de la Sibila-. Ni adelante ni detrás de la muerte hay nada. Nos cruzamos tantas veces que ya somos amigas.
-¿Acaso es inmortal? -se le ocurrió a la Tábana.
-No. Peor que eso. Febo estaba perdidamente enamorado de mí y me ofreció concederme un deseo. Yo escarbé la arena, tomé un puñado y le pedí cumplir tantos años como granos había en él. Febo me otorgó el prodigio y no saben cuánto me arrepiento, porque me olvidé de pedir que el cuerpo se mantuviera joven. Tengo 3238 años y ya no soporto un minuto más. El tiempo sólo me dejó la voz. El resto ya ha sido carcomido por los siglos -se quejó señalando su cuerpo raído.


Cuando la inmensa luna reapareció íntegra desflecando una nube, se dieron cuenta que la Sibila estaba llorando. La Tábana se le acercó y la abrazó, tratando de consolarla. El contacto con la momia viviente la estremeció: contagiaba un frío inquietante, desolador.
-Por favor, no llore más -le rogó suavemente.
-Cuando estuve en la tierra me pasé tratando de averiguar lo que sucedía más allá  -explicó la Adivina-. Ahora que estoy más allá por fin sé lo que sucede en la tierra. Somos seres desvalidos. Huérfanos y frágiles. Buscamos una justicia perfecta que no existe en la eternidad -sentenció-. Les aconsejo que traten de instaurarla ustedes, sin esperar que una divinidad se ocupe de la justicia que necesitamos. Es nuestro deber procurárnosla nosotros. Es una cuestión de solidaridad. Nadie nos dará justicia si no son nuestras manos. Ya que somos tan miserables tenemos el deber de amar la perfección. Somos esclavos con el poder de los amos. Cuando miramos hacia adentro nos creemos amos. Pero basta echar una mirada hacia afuera para ver que somos sirvientes prisioneros. Y ni siquiera conocemos al verdadero Señor.
Al ver que ella se acurrucaba sobre los lienzos que habían quedado de su envoltorio, la Coral le preguntó:
-¿Quiere descansar?
-Dormir. Qué más da -dijo la Sibila- total, nunca he dejado de dormir. Sólo los sueños nos mantienen vivos. Si supieran qué es lo que soñaron y qué lo que vivieron, se volverían locas al instante. No se preocupen. Eso que llamamos la realidad no es más que un sueño dentro de otro sueño mayor. No conviene despertarse antes de tiempo. Sigan durmiendo. La vigilia es monstruosa.


La luna destellaba en las alturas. El viento se había convertido en una brisa suave que se colaba jugando entre las ramas.

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Alejandro Maciel

Alejandro Maciel escribió esta anotación hace 10 meses. En ella habla sobre Alejandro Maciel Novela, Palabras Escritas Maciel, Reino Del Espíritu y Sibila De Cumas.

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Comentarios

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hola en quee andas...(21 oct)
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Victoria Solano: acá el único fraude es el de su chifladura. Vaya a la Enciclopedia Católica u otra ......(17 oct)
EL DIABLO EN LA LITERATURA, Salma Ferraz, Universidad de Florianópolis, Brasil. (victoria solano)
hola!!!! espero que puedan leer esto para QUE SE DEN CUENTA QUE ESTE ARICULO ES UN FRAUDE!!!!!! ......(15 oct)
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Prueba...(14 sep)
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Estimada Adela: En la historia no está todo determinado. Sabemos lo que hizo el personaje fulano ......(24 abr)

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