I. KANT EN ESPAÑOL, por Coriolano Fernández, (Filosofía UBA)
IMMANUEL EN ESPAÑOL
Por Coriolano Fernández
“Tuve la suerte de tener como profesor a un gran filósofo al que considero un maestro de la humanidad. Su ancha frente, hecha para pensar, era la sede de un gozo y una amenidad inagotable, de sus labios fluía un discurso pletórico de pensamientos. Las anécdotas, el humor y el ingenio estaban a su servicio y las clases eran siempre instructivas y entretenidas. Ningún hallazgo era desechado para poder explicar mejor el conocimiento de la naturaleza y el valor moral del ser humano.
La historia, las ciencias naturales, las matemáticas y la experiencia : tales eran las fuentes en que animaba sus lecciones y su trato. Los alumnos recibían la consigna de pensar por cuenta propia. Este hombre cuyo nombre invoco hoy con la máxima gratitud y respeto se llamaba Immanuel Kant.” Así escribía el también filósofo Johann Gottfried Herder alumno de Kant hacia 1762.Kant vivió en el siglo XVIII en Königsberg, la ciudad de los siete puentes por cuyo centro corre el río Pregel, casi sobre el Mar Báltico, en lo que entonces era, para muchos europeos, la última frontera de la Europa ilustrada o culta. Pertenecía al reino de Prusia y la región se llamaba Prusia Oriental. Allí, pasó su infancia y adolescencia Hanna Arendt, que nació accidentalmente en Hanover pero su familia era de Königsberg.
La ciudad había sido fundada en 1255 por Ottokar II, rey de Bohemia (König en alemán es rey). ¿Y dónde está ubicada? Podemos ir a un mapa y buscarla entre Polonia y Lituania, bien al norte, sobre el Báltico, como decimos, pero no la hallaríamos…porque tras la Segunda Guerra Mundial la Prusia Oriental fue dividida en dos partes, la meridional se adjudicó a Polonia, y la septentrional fue anexada por Rusia (por entonces Unión Soviética), incluyendo Königsberg, que fue rebautizada Kaliningrad. Mijaíl Kalinin fue dirigente revolucionario en 1917 y luego fervoroso estalinista).
Hoy sigue siendo Kaliningrado (en ruso grad es ciudad). ¿Por qué no siguió la huella de San Petersburgo, felizmente recobrada para su clásico nombre? Seguramente porque los habitantes ya son rusos y hay una reducida población alemana y lituana. La región pertenece a Rusia, lo que los rusos llaman öblast, especie de provincia, pero hay algo curioso: es una suerte de enclave geográficamente fuera de Rusia.
Los rusos demolieron el Palacio Real y en su lugar asentaron un edifico de mal gusto, típico de la arquitectura soviética, sin reparar en que el palacio debía mantenerse simplemente por razones históricas.
Pero hubo una compensación. En 2005, al celebrarse los 750 años de la ciudad, Vladimir Putin y Gerhard Schröder, en esas fechas presidente ruso y canciller alemán, respectivamente, anunciaron que la universidad se llamaría Immanuel Kant.
Al comenzar el siglo XVIII Königsberg tiene entre cuarenta y cincuenta mil habitantes -una epidemia de gripe hacia 1709 se llevó a varios miles-, hay gran actividad comercial y una universidad; Gobierna Prusia Federico I, llamado el “Rey Sargento” por su preocupación por el ejército.
El 22 de abril de 1724 nace Emanuel, cuarto de los once hijos que tuvieron el talabartero Johann Georg Kant y su esposa Anna Regina Reuter. Al ser adulto, él mismo cambiará su nombre por Immanuel. Cursa sus estudios en el Collegium Friedericianum, de fuerte impronta religiosa luterana, y en 1740 ingresa en la Universidad. Ese año muere el rey y le sucede su hijo Federico II, que será llamado “el Grande”, y es la antítesis de su padre porque compone música, escribe poesías en francés e invita a la corte a Voltaire.
Al terminar sus estudios se instala Kant en varias casas de los alrededores para trabajar como preceptor. En 1755 obtiene el grado de doctor y entra en el claustro de profesores. Inicia así su actividad docente, que se extenderá por cuarenta años y acabará al dar su última clase, sobre Lógica, en 1796.
Dicta cursos de Metafísica, Física, Lógica, Pedagogía, Matemática, Geografía y, en años de guerra, Fortificaciones y Pirotecnia. Dos veces es nombrado rector de la Universidad. En sus últimos años la salud disminuye, lo cuidan una hermana y su alumno Christoph Wasianski. Muere el 12 de febrero de 1804 y sus palabras son: “Está bien”.
Kant se levantaba a las 5 de la mañana y se acostaba a las 10 de la noche. Gustaba de las caminatas, de fumar una pipa diaria y, sobre todo, de las reuniones con amigos, casi siempre en el almuerzo, pues la cena era frugal y con el tiempo la suprimió. Allí, con buen vino, no debía haber menos de tres personas (las Gracias) ni más de nueve (las Musas); no aceptaba tocar temas de filosofía y solía hablar de otros asuntos con gran jovialidad.
Guardó siempre silencio sobre sí mismo, tanto en su correspondencia como en esos papelitos donde anotaba reflexiones, incluso al dorso de recibos o de sobres. Dos mujeres llegaron a su corazón, pero demoró en hacer el pedido de mano, como se estilaba en la época y que hubiera sido aceptado, y la posibilidad de matrimonio se desvaneció.
Minucioso, puntual, sobre todo en la parte final de su vida, ello le ha valido muchas anécdotas, no todas verídicas; a veces se oía a los vecinos decir que no eran las siete porque todavía el profesor Kant no había pasado.
En su obra Los filósofos entre bambalinas, Wilhelm Weischedel, que titula el capítulo de Sócrates “El escándalo de las preguntas” y el de San Agustín “La utilidad del pecado”, al llegar a Kant pone: “La puntualidad del pensamiento”.
Escribió mucho y bien. La edición de la Academia de Ciencias de Berlín tiene veintinueve volúmenes.¿Qué se puede mencionar? Ante todo la trilogía crítica. La Crítica de la Razón Pura, de 1781, impresa en Riga, capital de Letonia, es llamada por los estudiosos A, y la 2da. edición de 1787, que trae agregados y supresiones, es B. De 1788 es la Crítica de la Razón Práctica y en 1790 aparece la Crítica Del Juicio, vertida a nuestro idioma también con otros títulos, como Crítica de la Facultad de Juzgar y Crítica del Discernimiento.
‘ Crítica’ no tiene el significado de oposición según el uso cotidiano. Viene del griego krinein, que es distinguir, elegir, juzgar. Por lo tanto ‘crítica’ es examen, análisis. Un crítico de artes plásticas, por ejemplo, no se opone a los cuadros y esculturas, primero los analiza y como resultado de su trabajo señalará defectos o virtudes.
La Crítica de la Razón Pura es su obra maestra y una de las cumbres de la historia entera de la filosofía. Libro difícil, de cierto estilo barroco y con muchos pasajes admirables. En nota al pie de página dice Kant: “Nuestra época es la época de la crítica, a la que todo debe someterse”. El propósito del libro es ocuparse de la metafísica y el núcleo de la obra reside en una crítica o examen de la experiencia.
Esto suena paradójico: ¿por qué quedarse en la experiencia si, como el vocablo ‘metafísica’ pide, deberíamos ir más allá de la experiencia? Tiempos hubo, dice Kant, en que la metafísica era la Reina de las Ciencias y merecía el título en virtud de la eminencia de sus temas. Pero ahora solo recoge desprecio y solloza como Hécuba: (en el poema de Ovidio, Metamorfosis ): “Hace poco era la más importante y poderosa y ahora vivo desterrada y desposeída”.
¿Qué sucedió? Sucedió que la metafísica ha desembocado en una disciplina despótica, en matrimonio con el dogmatismo de la razón, y acá alude al racionalismo de Christian Wolff (1679-1754. Mas no por ello se refugia Kant en el escepticismo; ni consiste la actitud kantiana en las tesis antimetafísicas de no pocos hombres del Siglo de las Luces, el caso de Voltaire, destacado escritor pero filósofo superficial.
Es en vano, mostrar indiferencia ante el problema, porque el objeto de la metafísica no puede ser indiferente a la naturaleza humana. Volvamos, pues, a la experiencia.
Sin duda nuestro conocimiento comienza con la experiencia, pues los objetos estimulan nuestros sentidos y tenemos así sensaciones, ahora diríamos percepciones. Si Kant se detiene acá -señala el filósofo argentino A. Carpio- sería un empirista, pero Kant añade: si bien todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia, no por ello todo nuestro conocimiento surge de la experiencia.
La clave está en la diferencia entre “comenzar con” y “surgir de”.y como sinónimo de “surgir de” podemos decir “originarse en” ¿Adónde va Kant? A esto: hay en la experiencia un elemento o componente que no es empírico, que surge de, o se origina en, otro lado. Y a ese otro lado lo llama a priori y también puro, expresiones que nuestro filósofo hará célebres.
¿Qué significa a priori? No cabe entenderlo como innato ni como anterior en el tiempo; sino como algo independiente de lo empírico, que proporciona legitimidad y validez al conocimiento al otorgarle el carácter de necesario y universal. Es “anterior” en cuanto a la fundamentación.
En nuestras sensaciones o percepciones, nivel llamado por Kant la sensibilidad, hay dos formas a priori, el espacio y el tiempo. Pero hay otro nivel, el entendimiento. En la sensibilidad las cosas nos son dadas, en el entendimiento las cosas son pensadas. Y en este nivel del entendimiento también señala formas a priori, y las llama categorías, por ejemplo, causalidad, substancia, unidad, totalidad. Enumera doce.
. Cuando enuncio el juicio “A es la causa de B”, estoy suponiendo, o “sub-poniendo”, o sea poniendo debajo, el espacio y el tiempo y las categorías de substancia y causalidad. Espacio, tiempo, substancia y causalidad son a priori.
Sin los a priori no habría matemática ni física. Los pasos anteriores explican la constitución de la matemática y de la física matemática, obviamente la de Newton, y muestran cómo dos saberes, dos disciplinas ya han entrado en “el seguro camino de la ciencia”.
Resulta entonces que el conocimiento es siempre una síntesis, de algo dado al sujeto y algo puesto por el sujeto, a lo dado llama materia y a lo puesto llama forma (entiéndase: forma a priori ). Materia y forma son términos clásicos de Aristóteles (también es aristotélico el vocablo categoría), Kant los retoma con una dimensión semántica diferente. La materia sin la forma es ciega y la forma sin la materia es vacía.
Conocemos las cosas no como son en sí, sino como son en mí, pero este “en mí” no se refiere a un sujeto individual con nombre y apellido, sino al ser humano en general. Y escribe Kant: se ha supuesto hasta ahora que todo nuestro conocimiento debe regirse por los objetos, pero entonces los intentos de ensanchar nuestro conocimiento quedaban anulados por esta suposición; ensayemos, una vez, si no adelantaremos más en los problemas de la metafísica admitiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro conocimiento, lo cual concuerda mejor con la posibilidad de un conocimiento a priori de dichos objetos.
Ocurre con esto, agrega, como con Copérnico, quien no pudiendo explicar los movimientos celestes si aceptaba que la masa toda de las estrellas daba vueltas alrededor del espectador, ensayó si no tendría mayor éxito haciendo al espectador dar vueltas y dejando a las estrella inmóviles. Esta es la “revolución copernicana” de Kant en la filosofía.
¿Es esto idealismo? Es idealismo transcendental. Llamo transcendental, escribe en uno de los pasajes más notorios, a todo conocimiento que se ocupa no tanto de objetos, sean éstos los que fueren, sino de nuestro modo de conocimiento de objetos en general , en cuanto este modo ha de ser posible a priori .
Sensibilidad. Entendimiento. Hay, finalmente, un tercer nivel, el de la razón. A la razón la mueven tres asuntos capitales, que Kant llama ideas: el alma, el mundo y Dios. El alma designa el problema de si es inmortal. El mundo designa el problema de si existe la libertad. Y Dios cierra la serie resumiéndola y designa si existe.
Wolff había contestado afirmativamente los tres asuntos, razonando confiado y al parecer sin fallas. Mas lo que hemos visto sobre la constitución del genuino saber científico gracias a la sensibilidad y al entendimiento, no autoriza tal confianza. La razón metafísica debe acudir al tribunal que la convoca para responder de sus pretensiones y este tribunal es la crítica de la razón pura.
Por eso Kant, con agudeza magistral, detecta las fallas de la razón: sofisma o paralogismo en el caso del alma, antinomias en el caso del mundo y demostraciones erróneas en el caso de Dios. Las tres ideas funcionan en el vacío, al ser formas a priori sin contenido propio, no puede haber síntesis y por ende no hay conocimiento científico.
Las tres ideas se mantienen en tanto exigencia, dirección o, dice Kant, cumpliendo una función regulativa, pero no dan saber científico. La metafísica es imposible como ciencia, aunque es inextirpable del espíritu humano y esa razón fracasada conocerá su mejor triunfo en la esfera de la razón práctica, o sea, la Etica.
Como decía Juan de Mairena, de esto hablaremos otro día.
La Crítica fue traducida al español en varias oportunidades y si bien España estaba retrasada en cuanto al desarrollo en filosofía moderna, circulaban traducciones de la versión en francés.
La primera traducción directa es de José del Perojo (1852-1908), Madrid, Editorial Gaspar, 1883. Llega hasta la Refutación del Idealismo y la Observación General sobre el Sistema de los Principios. En la Argentina la imprimió la Editorial Losada en 1938 y la sigue reeditando en dos tomos, en el primero va del Perojo y el segundo es trad. de José Rovira Armengol y al cuidado de Ansgar Klein.
En el prefacio de aquel 1883 confiesa del Perojo haber abordado la tarea de traducir a Kant para oponerse al krausismo. El krausismo era la filosofía del alemán Karl Christian Krause (1781-1832), de prosa abstrusa y complicada terminología, que dominaba el ambiente filosófico español y según del Perojo “impresiona nuestro temperamento meridional y nos humilla en nuestra ignorancia de no entender lo que en esas oscuridades se dice”.
En 1928 se edita la. de Manuel García Morente, Madrid, Editorial Victoriano Suárez, y reed. Es excelente si bien en ese momento también incompleta.
De 1978 y reed. es la versión de Pedro Ribas, Madrid, Editorial Alfaguara, completa pero con fallas.
Un hecho poco conocido: en 1996 los estudiosos españoles Miguel Palacios y Rogelio Rovira hallan en la casa de María Josefa García y García del Cid, hija de Morente, el manuscrito completo de su padre. Y unos años después Rovira y José García Norro publican una edición abreviada del libro, Madrid, Tecnos, 2002.
La versión G. Morente, pues, ahora está completa y la editorial Tecnos tenía el propósito de editarla. No sé si ello ha ocurrido.
Y en 2007 se edita en Buenos Aires (Ediciones Colihue) la de Mario Caimi, profesor de la Universidad de Buenos Aires en la cátedra de Historia de la Filosofía Moderna y eximio traductor del maestro de Königsberg.
Es excelente también, con un aparato crítico que no tienen las otras, de más de 1500 notas. Por cierto se incluyen las notas de Kant, pero no son numerosas, de modo que la mayoría es del traductor y lleva un índice analítico compuesto por Mariela Paolucci, Marcos Thisted y Esteban Amador.
Para quienes desean entrar en este libro es menester además acompañarse de una explicación. De las redactadas directamente en español señalo:
A. P. Carpio: Principios de Filosofía, Buenos Aires, Glauco, 2da. ed. 1995 y reimpr. Cap. X “El Idealismo Trascendental: Kant”.
M. García Morente: La filosofía de Kant, Madrid, Victoriano Suárez, 1917 y red. la más reciente Madrid, Ediciones Cristiandad, 2004
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