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Cuento de Pilar Romano, Corrientes

domingo, 25 de enero del 2009 a las 20:49

VIERNES ROJO


Pilar Romano

                           Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
                        un líquido, un sudor, un aceite sin nombre…


                                          PABLO NERUDA (“Agua sexual”)

 
     Ya no llamaba la atención de quienes siempre transitábamos por allí, pero seguía siendo inevitable darle al menos  una mirada.  Se pasaba horas frente a la vidriera de la única casa de modas del barrio, con los ojos fijos en la muñeca,  que lucía ropa distinta cada semana pero conservaba imperturbable la mirada; una mirada que, para  mí,  escondía detrás del yeso una antigua súplica. Él usaba siempre la misma ropa, ropa de pordiosero que no dejaba ver si era gordo o flaco, si sentía frío o calor.  Tampoco era fácil adivinar su edad;  decían que ya no era joven, pero su cara lampiña anunciaba que, en cierto modo, no había crecido del todo;  la infancia y su memoria díscola seguían refugiadas en sus ojos de niño envejecido.


      Eugenio se llamaba.  Y mientras miraba a la muñeca de la vidriera  recitaba a Neruda.  Tal vez por eso le decían “Cartero”;  muchos se encontraron con Neruda recién en esa película. Pero no Eugenio;  quién sabe en qué tiempo Don Pablo le había mostrado su poesía.  


     Lo mirábamos siempre, pero casi nunca pasábamos cerca de él, tratando de evitar la consabida pregunta: “¿hoy es viernes?” Por alguna razón uno se sentía compelido a decirle que no, como si adivinara que la pregunta tenía enredado el temor de que fuera viernes.  Si alguien  no le contestaba, lo perseguía con el interrogante hasta la esquina y luego volvía, casi corriendo, hacia la vidriera en la que seguía su contemplación.
     Precisamente un viernes, al atardecer, me senté junto a Cartero en el cordón de la vereda de la “boutique”. Es que los atardeceres de viernes ofrecen un abrazo a la curiosidad por desentrañar cualquier misterio.  “Quiero regalarle una luz de agua  que no sea la de ese reflector”, me dijo.  “Pobre Matilde, siempre la misma luz...”  La había bautizado Matilde, como el último amor de Neruda,  tal vez para que le sonaran más de cerca los poemas que le recitaba.  Dentro de un rato tendrá la de la luna, le dije.  “Es que no quiero una luz tan blanca, le gustará más una luz casi roja, que empape lo oscuro”.  ¿La tocaste alguna vez? le  pregunté, y recién entonces me miró. “¿No ves que hay un vidrio ahí?” dijo en tono de obviedad, pero giró la cabeza y miró el cristal como si lo viera por primera vez. “¿Hoy es viernes?”.  Sí, le dije, aunque debiera enfrentar su temor. “Se va a quedar sola dos días...”, murmuró.  ¿Vos no te quedás aquí? le dije.  “Sí, pero no puedo ir adentro ni regalarle la luz que le gusta”. Quise averiguar cuándo había leído a Neruda, pero no me contestó: se puso de pie y  empezó a recitar “Agua sexual”;  él me dijo que el poema se llamaba así y al escucharlo supe porqué había dicho eso de  “empapar lo oscuro.”
     
     La tarde que se iba apenas se sostenía en el aire y parecían flotar en ella  los motivos invisibles, tremendos, que dormitaban detrás de los ojos y los versos de Cartero.  No tuve ganas de pensar cómo podría conseguir él que le llegara a Matilde una luz roja,  y después de hacerle algunas otras preguntas que no respondió, lo dejé, justo en el momento en que se encendía el reflector de la vidriera.  Caminé pensando que eso de la luz coloreada era el capricho del momento, lo que se le había ocurrido decirme esa tarde. Seguramente al día siguiente volvería a preguntar si era viernes,  pero  tendría un berretín distinto.


     Pasé de nuevo por allí cerca de la medianoche.  A esa hora Cartero ya no solía estar frente a la vidriera.  No pensaba en él, pero sentí como si una fogata encendida por un loco le daba un sentido distinto a la noche. Y vi que Cartero todavía estaba allí, metido en la vidriera, pálido,  tendido hacia adentro, como si hubiera logrado atravesar el vidrio y tocar al maniquí.  Una tonalidad casi  roja, le cambiaba la mirada a Matilde: Cartero había roto el cristal con una piedra en el puño, aún la tenía apretada,  y la luna, desde los trozos semejantes a diamantes teñidos de rojo sangre, le acercaba a  la muñeca el reflejo que esa noche de viernes pudo regalarle Cartero “como un desgarrador río de vidrio”.  Y quién sabe qué otros versos de Neruda.
 
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Paradojas, poesías de Florencio Godoy Cruz, Corrientes

domingo, 25 de enero del 2009 a las 20:47

PARADOJA SEGUNDA


Florencio Godoy Cruz


Que será todo ilusión
                  presiento.
No importa.  Navegante
en un indefinido cosmos de galaxias
                  peregrino
hacia un incierto gélido universo
                            hoy aquí
junto al perpetuo transcurrir del agua
bajo la sombra tenue del ave y de la flor
                  sin siquiera ser semilla eterna
O tal vez lo soy
hacia el dios infinito del hágase
hacia un espacio y hacia un tiempo nuevo
desmigaré las gotas de mi ser.
Entonces
                  infinitud de los misterios
                  infinitud del tiempo
                  y del espacio
                  qué hallaré.
 
 
 
 
 
 
 
DUODECIMA PARADOJA


Florencio Godoy Cruz.



Galaxias
      grumos
      islas
      parpadeo de siglos
      complejo policéntrico
                              archipiélago
      torbellino de soles
                                              y planetas
      partículas surgidas de un total
      caos genésico
cósmica diáspora
      colisión
      acople
      parto
de fugaces mágicos destellos
                              en insólito universo
Y allí
      y aquí
      y ahora
                  yo
Y después
 
 Un balcón abierto
símbolo
del amor que se aguarda
o del amor que se aleja
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Por la senda de Pedro Páramo, por Milagros Ezquerro, Universidad de La Sorbona, París.

domingo, 25 de enero del 2009 a las 20:45


Milagros Ezquerro
Universidad París X, Sorbonne.


 
La lectura de Pedro Páramo es una experiencia a la vez fascinante y desconcertante. Esta novela de tan modestas proporciones es de tal densidad que requiere de parte del lector una actividad muy considerable ¿En qué radica esa dificultad de lectura y la impresión de inquietante extrañeza que se percibe en cada página de la narración? Se ha dicho que Pedro Páramo es una obra de literatura fantástica, y es verdad que no faltan argumentos en este sentido, pero una  clasificación no explica nada, y la invocación del adjetivo “fantástico” agrega más problemas que los que resuelve. La causa más evidente de la dificultad de leer Pedro Páramo es una organización muy fragmentada que entrecorta la lectura y obliga al lector a una perpetua actividad de puesta en relación y reconstrucción. Convendría pues tratar de entender esta organización, cómo funciona la narración y las consecuencias que tiene ese funcionamiento  sobre los diversos elementos constitutivos de la novela. Puede ser que así se aprecien algunas razones que han motivado que este pequeño libro ocupe un sitio privilegiado dentro de la literatura en lengua española de la segunda mitad del siglo XX.  


Un rompecabezas narrativo
    Esta novela que no cuenta más de ciento cuarenta páginas de pequeño formato, no presenta ninguna gran división, no está organizada ni en partes, ni en capítulos. En el continuum textual pausas, bastante frecuentes y cercanas, marcadas por blancos tipográficos con valor de dos saltos de línea, delimitan unidades narrativas cuya longitud varía entre tres líneas y cinco páginas. Las setenta unidades narrativas, que llamaremos secuencias, no corresponden a ninguna unidad tradicional como  parte, capítulo o párrafo; no están numeradas y no se distinguen de manera evidente a causa de la disposición tipográfica utilizada. Sin embargo la secuencia constituye efectivamente una unidad narrativa que tiene, con la que  precede y con la que sigue, relaciones que no son generalmente de linealidad. La fragmentación del texto y el principio de no-linealidad dan al lector la impresión de hallarse ante un rompecabezas en el cual las diferentes piezas habrían sido mezcladas por una mano distraída o malintencionada. Un examen más atento muestra que, por debajo de ese aparente caos, se tejen hilos que organizan en profundidad la narración, que de secuencia en secuencia se urden relaciones, muchas veces ocultas, que confieren al relato una coherencia secreta de extraordinaria eficacia.


      La línea directriz de Pedro Páramo es simple, se anuncia desde la primera página de la novela: un hijo que se ha criado lejos de su padre decide, cuando muere su madre, ir al pueblo natal de ella para buscar al padre. Secuencia tras secuencia se reconstruyen paralelamente la historia del padre, desde su adolescencia a su muerte, y la historia del hijo, que se podría designar por ahora como su entrada en el mundo de los muertos. Entre esas dos historias situadas en espacios / tiempos claramente diferenciados, se tejen relaciones particulares a través de los personajes que el hijo encuentra y que han tenido un papel en la historia del padre. Pero una diferencia fundamental separa estas dos historias y permite ver en esta binaridad un primer pivote estructural: la historia del hijo es tomada a cargo por un narrador en primera persona identificado con el personaje del  hijo, Juan Preciado, en tanto que la historia del padre se enuncia con narrador impersonal. Esta escisión de la función narradora determina dos campos narrativos que tienen cada cual sus propias coordenadas espaciales, temporales y actanciales de las que se hablará más adelante:
      1- El Campo Narrativo I que abarca la historia del hijo, Juan Preciado, contada por él mismo.
      2- El Campo Narrativo II que abarca la historia del padre, Pedro Páramo, con un narrador impersonal.
Los dos campos narrativos se entrelazan y se mezclan dando la imagen de un rompecabezas


          El campo narrativo I presenta a su vez una articulación, un pivote evidente que se sitúa en la secuencia 35 que corresponde a la « muerte » de Juan Preciado, a su entierro, y al principio de una nueva forma de existencia, en la tumba al lado de Dorotea. Este pivote no constituye el centro aritmético del campo narrativo I ya que lo divide en 19 / 6 secuencias, pero es importante en otros aspectos que examinaremos más adelante. Lo más evidente es que la secuencia 35 aporta un cambio brutal en el plano actancial ya que el protagonista sólo tiene a partir de entonces una actividad contemplativa que se reduce al diálogo con su compañera de tumba, y a la escucha de las voces provenientes de los sepulcros vecinos. En paralelo a este cambio, se produce una mutación en la modalidad de escritura: a la narración en primera persona  sucede un diálogo entre Juan Preciado y Dorotea, entrecortado por los monólogos de otros personajes que son captados por el protagonista.
      Fuera de este corte de la secuencia 35 el campo narrativo I no presenta otros subconjuntos funcionales, es ritmado por los sucesivos encuentros del protagonista con personajes que, de pronto, descubre que están muertos. Los más importantes son los siguientes:
1.    Abundio Martínez, el arriero, medio hermano del protagonista.
2.    Eduviges Dyada, la hostelera, amiga de infancia de su madre. 
3.    Damiana Cisneros, la vieja sirvienta de Pedro Páramo que vio nacer a Juan Preciado.
4.    Donis y su hermana, pareja incestuosa, son los últimos habitantes de Comala que ve Juan Preciado antes de encontrarse en la tumba.
5.    Dorotea, la mujer con la que Juan Preciado se encuentra en la tumba. Ella ha sido la Celestina de Miguel Páramo, el medio hermano del protagonista. Dorotea y Juan Preciado van a dialogar a partir de la secuencia 35.


El campo narrativo II es considerablemente más extenso que el I, ya que comprende 44 secuencias contra las 26 del campo narrativo I. La intriga es mucho más compleja y el número de los personajes puestos en escena resulta más importante. La historia de Pedro Páramo se organiza en 5 subconjuntos de muy desigual extensión que se pueden  designar de la siguiente manera:
1.    Adolescencia de Pedro Páramo.
2.    Pedro Páramo se convierte en el dueño de Comala.
3.    Vida y muerte de Miguel Páramo.
4.    Susana San Juan y Pedro Páramo
5.    Muerte de Pedro Páramo.


Se observa pues que cada uno de los dos campos narrativos tiene una estructura particular, con una dinámica propia que no se repite de un campo al otro. Esto no significa en absoluto que cada uno de los campos constituya una narración autónoma, muy al contrario, la imbricación de los campos narrativos figura el carácter indisociable de su funcionamiento. Sin entrar por ahora en la extrema complejidad de su interpenetración, se puede señalar, a manera de ejemplo, la visión del matrimonio de Dolores Preciado con Pedro Páramo presentado en la secuencia 9 (campo narrativo I) y la visión del mismo suceso dada en la secuencia 21 (campo narrativo II); o también la muerte de Pedro Páramo abordada en la secuencia 11 (campo narrativo I) y en la secuencia 38 (campo narrativo II).


      La organización de Pedro Páramo aparece muy poco convencional: primero a causa de la unidad narrativa de la secuencia que rompe con los moldes novelescos utilizados de ordinario, y que da a la narración un tempo muy peculiar; después a causa del principio de no-linealidad que sustrae la narración a las leyes de la lógica tradicional para organizarla según exigencias más secretas e imperiosas. Si se examinan las relaciones que unen dos secuencias que se suceden en el espacio textual pero que pertenecen cada una a un campo narrativo diferente, se pueden apreciar algunos de los mecanismos que rigen el funcionamiento narrativo.


      El primer caso de cambio de campo narrativo se produce entre la secuencia 5 y la 6. En la secuencia 5 Juan Preciado acaba de llegar a Comala y como le ha aconsejado su guía, el arriero Abundio, va a la casa de Eduviges Dyada la hostelera, con la que habla de su madre. Después de haber escuchado las extrañas declaraciones de la anciana, el héroe se siente acceder a un estado particular, que se puede comparar a ese estado fugaz donde uno se encuentra justo antes de dormirse:
Me sentí en un mundo lejano y me dejé arrastrar. Mi cuerpo, que parecía aflojarse, se doblaba ante todo, había soltado sus amarras y cualquiera podía jugar con él como si fuera de trapo.  


     En cuanto a la secuencia 6, comienza con la  evocación de los instantes que siguen el final de una tormenta: igual que a la tensión y la angustia de la llegada a Comala de Juan Preciado, sigue un estado de tranquilidad y abandono total, del mismo modo, el corral de la casa de Pedro Páramo vuelve a encontrar un aspecto de alegría y felicidad después de la tempestad:
Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dando brillo a las hojas con que jugaba el aire.


Otra relación se teje entre las dos secuencias con la evocación  por el joven Pedro Páramo del recuerdo de Susana, su amiga de la infancia que se fue de Comala: esta evocación hace eco con aquella, hecha por Eduviges, de Dolores, su amiga de la infancia que también se fue de Comala. Esta relación, todavía tenue en este momento del texto, va a crecer y multiplicarse al punto de construir dos figuras femeninas totalmente indisociables dentro del funcionamiento novelesco, las figuras de Dolores Preciado y Susana San Juan.
      Se citará una última relación, quizás la más impresionante y la más significativa: las réplicas que concluyen cada una de las secuencias, una de Juan Preciado, el hijo:
-Iré. Iré después.
Y la otra de Pedro Páramo, el padre:
-Ya voy mamá. Ya voy.


Que este paralelismo sea un signo  de identificación del hijo con la figura paterna y que esta identificación se haga a la inversa, es decir, del padre al hijo y del pasado hacia el futuro, puede llevarnos a presentir una forma de funcionamiento de la narración. La progresión de una secuencia a otra no parece hacerse según relaciones de contigüidad inmediata o diferida, sino más bien según relaciones de libre asociación y de analogía simbólica que recuerdan los mecanismos de funcionamiento del sueño o de la memoria, más que los de la razón consciente. Ni qué decir que este carácter no es para nada fortuito y que tiene relación con las estructuras simbólicas puestas en escena por la narración, sobre las que volveremos. Es igualmente evidente que este modo de funcionamiento del relato va a tener consecuencias cataclísmicas, tanto en la organización espacio-temporal, como en la función actancial.


     Quisiera volver otra vez sobre la descripción, citada arriba, del estado de Juan Preciado al final de la secuencia 5, en el momento en que se va a producir precisamente el cambio de campo narrativo, y donde va a comenzar la historia de Pedro Páramo, es decir- y es por eso que este texto es importante- el momento donde se instaura el cisma narrativo que va a conferir a la novela su peculiaridad. El personaje del que se trata es fundamental, menos por su función actancial, que por ser la figura con la cual se identifica la instancia narradora en primera persona. El estado descrito aquí es un estado de renuncia al control de lo consciente, de abandono total a fuerzas desconocidas, estado que puede hacer pensar en el instante en el que uno se abandona al sueño, o más aún al momento en que uno se abandona al trabajo del inconsciente. Este estado es descrito como una desposesión de sí mismo (“me dejé arrastrar”) y un desdoblamiento del Yo por la alienación de una parte de sí mismo (“mi cuerpo se doblaba... sus amarras y cualquiera podía jugar con él...). Será necesario volver, a propósito de la función narradora, sobre este juego entre primera y tercera persona, pero conviene señalar que está ya en obra, de manera claramente simbólica, en el momento donde se instaura la binaridad narrativa.


Un tiempo reversible
No hay duda que la fragmentación y la no-linealidad de la organización narrativa de Pedro Páramo van a repercutir directamente en su organización temporal. No lineal, el tiempo de la novela describe una trayectoria compleja que proyecta al lector en instantes de caracteres muy mutables: a veces anclados en una cronología reconocible, a veces perdidos en una duración sin fronteras visibles. Fragmentado según reglas que no tienen que ver, ni con los calendarios, ni con los relojes, el tiempo construye su propia ley:
El reloj de la iglesia dio las horas una tras otra, una tras otra, como si se hubiera encogido el tiempo.
Cómo si hubiera retrocedido el tiempo. Volví a ver la estrella junto a la luna. Las nubes deshaciéndose. Las parvadas de los tordos. Y enseguida la tarde todavía llena de luz.  
Se puede subrayar en un principio que la cronología de los dos campos narrativos es muy diferente. La historia de Juan Preciado en Comala parece durar poco tiempo, al menos hasta el momento en que se encuentra en la tumba, pues a partir de ahí la noción de tiempo no tiene mucha significación. Por el contrario, la historia de Pedro Páramo abarca un gran número de años y se descubren alusiones a acontecimientos históricos fácilmente identificables.  


La historia de Juan Preciado
La llegada de Juan Preciado a Comala se sitúa en un tiempo con referencias esencialmente climáticas:
En ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente...
No hay ninguna alusión que permita, en algún momento, situarla en una época determinada: a partir del instante en que Juan Preciado entra en Comala, se abre delante de él un tiempo sin medida y sin dirección. Lo más impactante, en este tiempo, es su perfil nocturno: Juan Preciado llega a Comala cuando está terminando el día y enseguida la noche lo inunda todo. En la noche tiene lugar la conversación con Eduviges y después con Damiana; es por la noche que él escucha las conversaciones de la gente de Comala y que es recibido en la casa de Donis y su hermana. Cuando Juan preciado se despierta, es mediodía y muy pronto, mientras que la mujer le cuenta su vida en Comala, el día declina de nuevo y la noche regresa. Luego el tiempo, remontando hacia su fuente, rehace en sentido inverso el camino recorrido desde su arribo a Comala.
      De esta manera el tiempo en Comala escapa a su ley más rigurosa: la irreversibilidad. Pero Juan Preciado, testigo de esta trasgresión, se encuentra muy pronto en la tumba: ¿será que la muerte castiga a aquellos que acceden al conocimiento de lo incognoscible, o bien es la toma de conciencia de una muerte ya consumada al principio del viaje hacia el infierno de Comala? La frontera entre la vida y la muerte resulta lo bastante brumosa para que no se sepa jamás de qué lado uno se sitúa. De la misma manera, el tiempo ha roto todos  sus cerrojos y gira locamente como una brújula que ha perdido el norte.
      ¿Qué significan entonces, en esta duración sin límites, los tiempos del pasado con los que se enuncia el relato?
      El pasado del relato no se sitúa en relación con un presente de enunciación que permaneciera implícito, como se produce habitualmente, sino en relación con un presente enunciado que aparece precisamente en las secuencias 34 y 35, en la articulación de la narración:  
Tengo memoria de haber visto…
      Todos los pasados que preceden, en el campo narrativo I, resultan, de este modo, ser anteriores al instante presente enunciado por primera vez en la secuencia 34. Ese presente corresponde a la “muerte” de Juan Preciado –con el sentido que se le quiera dar- que será desde entonces el punto de referencia temporal de todos los otros acontecimientos. A partir de entonces la narración ya no abandona el presente ya que se convierte en un diálogo entre Dorotea y Juan Preciado, diálogo en el que vienen a insertarse los monólogos de otros personajes enterrados en las tumbas vecinas. Si se hace referencia a lo que dice Juan Preciado a Dorotea, se puede considerar que toda la narración en primera persona del campo narrativo I, no es otra cosa que la transcripción de un relato hecho por el protagonista a la vieja Dorotea.  
-Mejor no hubieras salido de tu tierra ¿Qué viniste a hacer aquí?
-Ya te lo dije en un principio. Vine a buscar a Pedro Páramo, que según parece fue mi padre. Me trajo la ilusión.  
La respuesta de Juan Preciado parece retomar la primera frase de la novela:  
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.
Tendremos que volver sobre este problema al abordar la función narradora, pero en lo concerniente al tiempo, hay que subrayar la importancia de este episodio, que se ofrece como punto de referencia temporal y que, en consecuencia, se designa como un nudo simbólico del conjunto de la narración.
   Cabe decir que, en relación a la historia de Pedro Páramo, el campo narrativo I es a la vez primero en el espacio textual, ya que es el que abre la novela, y posterior en la cronología, ya que cuando Juan Preciado llega a Comala Pedro Páramo ha muerto hace varios años.
   Así pues, el principio de la narración se construye en visión retrospectiva a partir de un punto de referencia que aparece hasta la mitad de la novela; la historia de Pedro Páramo constituye un nuevo retroceso, un nivel de pasado más profundo.
La narración se presenta pues como una reconstrucción del pasado en múltiples niveles, a partir de una experiencia presente directamente surgida de ese  pasado, y que requiere, para comprenderse, la rememoración del pasado.
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Nota: Este fragmento del estudio de la obra de Rulfo pertenece al libro "Lecturas rulfianas", de Milagros Ezquerro.


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Imagen en el fondo de un espejo, Carolina Orlando, Argentina

domingo, 25 de enero del 2009 a las 20:39

 

Carolina Orlando
 
     Un escritor no mataría de esa forma. Hubiese escrito una novela con ella, un cuento con ella. Y la mataría al final del relato. Pero es inútil la muerte del personaje. Por eso decidí matarla en mi cama. Aún después. Aunque después no tuviera razones.


     Las sábanas huelen a vino. Irene pudo habérmelo dicho. Ahora estoy parado frente al espejo. Se refleja una imagen nítida. Puedo ver la cama, el escritorio, la máquina de escribir con una hoja. Hay letras en ella: pocas. Las cortinas son tristes. Oscuras. Las teclas de la máquina se mancharon, tienen sangre, o más vino (aunque sé que no es posible). Mi hermano decía que dejara de tomar. Pero qué va a saber mi hermano. Qué puede entender él. He escrito mi mejor novela con una botella de vino a mi lado (escritor frustrado y borracho: hoy es inútil luchar contra un lugar común). Con vino adentro, hermano: le decía yo. “Pero tomá del bueno” aconsejó hasta su muerte (demasiada insistencia).


     Ahora el viento empuja la cortina. La cortina acaricia la máquina de escribir impulsada por el juego del viento. Podría decir que es mi hermano el que entra, arrastrando alma de muerto que vuelve a molestar o a buscar a Irene. Si es él el que entra, podrá verme frente al espejo. Me preguntará qué he hecho, en qué me convertí. Y olerá el vino y las sábanas. Su cuerpo muerto se llenará de olores vivos. Furioso, me maldecirá por haberla amado. Pero es en vano la furia de un fantasma,  “un cuerpo muerto no venga injurias”, leí en Blake. Es sólo viento.


     Tus brazos están rígidos, Irene. Las manos: no veo tus manos desde el espejo. Tu boca parece gemir. Se oyen ahogos silenciosos (si gime, no es tan silencioso el ahogo). Tus ojos permanecen abiertos. Oscura adivino la habitación a través de esa mirada fija, sostenida.


     Entonces: Hay una mujer muerta (es definitivo: no podrá gemir aunque la idea me fascine); la mujer muerta sobre la cama de llama Irene; veo un escritorio con una máquina de escribir y una botella de buen vino; la ventana está abierta; hay un hombre que mira el reflejo de un espejo; cabe la posibilidad de un hermano muerto y ahí termina, enceguezco, no me interesa (casi) esta escena de sangre y sexo. La hoja se mueve. Otra vez el viento. Gota a gota se vacía el vaso. No sé en qué me convertí. Se terminó el vino. Ya no puedo decir nada de la muerte de Irene. Cómo descifrar el ínterin de este asesinato si ya no soy capaz de mentir para inventarlo. Será mejor deshacerse del hermano muerto y matar, también, al hombre que mira la imagen duplicada en el espejo. Así, sin personajes, no habrá cuento.


La pierna, cuentode Amanda Pedrozo, Paraguay

domingo, 25 de enero del 2009 a las 20:37


Amanda Pedrozo


Me rompés el corazón Cristina, no sabés cuánto y no puedo decirte nada sino sólo mirarte y oírme decir con ese tono distraído que me reclamás siempre y que uso cuando estoy pensando lo que debería decir pero sé que no puedo:
-Y hay que tener resignación, mi reina, a cualquiera le pasa esto...
-Qué a cualquiera, mirá lo que estar parcelada, y eso no es nada, sino perder lo que se perdió.
-A ver si te explicás.
-A ver si me explico. Ya me resigné, no voy a tener pierna izquierda nunca más, me cortaron por la gangrena y vos me ayudaste a aceptar eso. Pero sigue siendo mi pierna, separada de mi cuerpo, es cierto, pero no por eso menos pierna que la otra y me pregunto, quiero saber cómo voy a tolerar lo que pueda pasarle.
-No te entiendo, vos estás bien, la herida se cicatriza pronto dijo el doctor y te juro que voy a comprarte la mejor pierna ortopédica que hay.
-Sí, pero el asunto es qué hacen en este hospital de las piernas que cortan, eso es lo que quiero saber.
-Y seguro que tiran porque es basura patológica... no solés ver en la tele que se quejan de eso: brazos, piernas, fetos, riñones inservibles, bolas, pichulines, apéndices, dedos, todo se tira, qué querés que hagan con una pierna muerta.
-Por eso, pero sigue siendo mi pierna y sé que nunca me voy a librar de la pesadilla si una parte de mí está en medio de la basura, ¿me entendés?
-Si eso te hace mal... podemos pedir que incineren la pierna, seguro se paga un poco por el uso del incinerador, pero es lo de menos, con tal de que te sientas mejor te juro que soy capaz de quemar yo misma en un brasero y les hago un quilombo si no me dejan.
-No quiero que quemen. Imaginate cómo me voy a sentir con ese olor a asado que va a desprenderse cuando se incinere una parte de mí. Ninguna persona normal puede soportar eso. ¡Voy a sentir que me están quemando!
-Pero no vas a oler... no van a incinerar cerca de vos. Para qué te hacés tanto problema por eso mi reina, si pronto ni te vas a acordar de todo esto, cuando te acostumbres a la pierna ortopédica tipo biónica que te voy a comprar. Igualito a la de Superman.
-Igual, voy a saber yo y es lo mismo.
-Pero si no querés que se tire con la basura hospitalaria, no querés que se queme, no sé qué solución te queda, Cristina, me parece que podés pedir la pierna y la enterramos. Qué te parece.

Eso hicieron. Pidieron la pierna en el hospital. Se encontraron con montón de papeles que llenar, no había un solo médico o enfermera que pudiera creer que alguien reclame una pierna podrida -ni siquiera la limpiadora que esparció el chisme por todas las salas de internados riéndose con esa crueldad estúpida de los resentidos -, después y como vieron que no era broma (porque ningún recién amputado bromea y los parientes con esas cosas no juegan) dijeron que alguien debía hacerse responsable y qué pasa si la prensa se entera, tampoco era costumbre allí ese tipo de problemas y a quién se le ocurre pedir que le devuelvan su pierna que a esa altura ya estaba verde, seguro... todo eso terminó cuando Cristina comenzó a gritar in crescendo y corriendo por el pasillo. -¡Es su pierna carajo, devuélvanle la pierna a mi hermana si no quieren que les demande y muéstrenme ustedes si hay un documento de transferencia de su pierna que le hicieron firmar! ¡Pero qué hijos de puta que son!
Al menos -le dijo a Cristina después -enterrar la pierna es más lógico porque con el tiempo igual el resto del cuerpo irá a la tierra y es el fin bíblico que nos espera a todos, con suerte porque hay destinos peores como ser comido por el prójimo que tiene hambre como pasó con los sobrevivientes del avión en los Andes o en una cacería ritual en el Amazonas, te acordás mi reina que vimos en el cine.
Cristina dijo entonces que quería un velorio especial para su pierna, pero se notaba que era imposible. Hedía, en realidad ya parecía un queso inflado y morado, tampoco ayudaba la bolsa ordinaria de hule en que les habían hecho la devolución -como si fuera bosta, dijo indignada Cristina- porque ya no se podía sacar del interior lo que contenía sin dejar pegoteado todo...
Llegaron a la casa calladas. A Cristina le dolió que su hermana tocara con asco la bolsa verde de hule. -Dejá que yo llevo, al final es mi pierna- dijo, y era como si tuviera una criatura muy querida en sus brazos y ella fuera una niña en los de su hermana. Como cuando chicas.
Llegaron y se quedaron mirando la pierna. -Pensé mejor y tampoco quiero que esté bajo tierra, qué pasa si los perros sacan y arrastran por todo el barrio, o llevan los huesos, y va a ser como si me estuvieran lamiendo día y noche los perros a mí, me entendés -dijo Cristina despacito y su hermana podía ver que tenía la boca apretada al hablar.

 
Cristina comenzó a cantar y su canto se me había incorporado al sueño. Cuando al fin desperté supe que el canto venía del jardín. El canto. Tan extrañamente dulce. Más que el sonido fue esa insoportable dulzura (como de lirios de agua, me corregís mientras escribo, por encima de mi hombro y siento tu respiración amentolada, siempre amentolada desde entonces aunque los caramelos te carien los dientes) lo que me empujó hasta el jardín resignada a saber lo que ya sabía desde que me dijiste que no podías dejar que enterraran tu pierna porque era tan tuya y tampoco podías dejar que la quemaran, así que me miraste con la boca apretada de llanto sin entender porqué te desgajaba a jirones y alaridos la maldita pierna que te estabas cosiendo al muñón mientras cantabas esa canción extraña y dulce que es como el aroma de las flores cuando uno se muere.

LA BOA, un cuento de AMANDA PEDROZO (Paraguay)

domingo, 25 de enero del 2009 a las 20:34


Amanda Pedrozo


-El nene, mamá, el nene.
La madre espantó los mosquitos de un manotón que dejó su marca en la  
pielcita morocha. El nene ya no podía llorar y porfiadamente se prendía al  
pezón aguado y dulce que se hamacaba y pegaba un salto cada vez que se  
le escapaba de la boquita caliente. La respiración le costaba y le dolía, tanto que daban ganas de ahogarle piadosamente y en ese momento justo la madre (desde la orilla  
de los camalotes y de los helechos inclinados) se agarró a su determinación y vio entre el verde oscuro y los pétalos del agua la cabeza  
tremenda de la serpiente que se comía a su hombre (después había contado  
que segundos antes él había estado tirando la liñada aunque sin esperanza,  
que por eso ella sólo se dio cuenta cuando ya no podía hacer nada sino salvar a sus criaturas y salir disparada del horror).  
 
La niña leyó la desesperación en los ojos de la madre y en esa lengua que le  
salía apretada y extraña cuando ocurrían esas cosas le dijo:
-¿Mba'e pio pasa ya otra vez, mamita?
La madre extendió el brazo y señaló la sombra en la noche líquida, se  
escuchaba claramente el enloquecido plas-plas debajo de las hojas y el  
aroma se desprendía sin contención hacia el viento. La naricita del nene se  
estremeció buscando la parte menos fría del aire para seguir viviendo. La  
niña miraba quieta la laguna inmensa y se sintió atrapada de los brazos y  
retorcida por la madre que empezó a correr con la cabecita del nene  
bamboleando sobre su hombro derecho. La niña miraba hacia atrás y  
notó los círculos de luna alrededor de los manchones lechosos que  
semejaban estrellas en el agua. -¡Qué lindas las flores para llevarle a la  
Virgen de Caacupé! -pensó, mientras empezó a correr detrás de la madre  
desprendida de ella o estironeada, ya daba lo mismo y se entretuvo con la  
idea del ramo de yrupe a los pies de la imagen, justo tocándole el borde del  
vestido azul a María madre mía y protégenos con tu manto. Pensó en los  
tallos chorreando savia espesa en sus manos mientras respondía  
ordenadamente las preguntas que le iba haciendo el karai comisario, porque  
en ese momento la madre lloraba con la cara seca y no podía responder  
nada sino repetir cansada que la boa salió del fondo, que ella calcula que habrá venido de la orilla del mismo río (porque allí suele haber, dijo con esa memoria que se guarda en los ojos) y que en ese mismo  
momento se estaba comiendo a su hombre con liñada y todo, y qué voy a  
hacer Dios mío sin marido y con siete inocentes que me van a pedir que  
comer y seguro encima mi única nena ésta que ve acá señor autoridá me  
sale puta como su abuela paterna y el nene luisón porque es el séptimo hijo varón,  
ay Dios mío qué habré hecho, qué voy a hacer ahora y a lo mejor si se van  
enseguida le pueden sacar de la barriga de la víbora vivo antes de que se  
convierta en mierda de kuriju, si Dios y la Virgen permiten (tuvieron que subir la cuesta, pasar por el patio de Luciana Baltazara,  
pisar sus ranas y sapos y esquivar los gansos filosos y el relincho de los  
corrales hasta el alambrado de púas y el barranco y la orilla donde oyeron -aún- el chapoteo)
.
".... ante mí la testigo, Luciana Baltazara Martínez, paraguaya, 44 años, soltera pero  
amancebada según hace constar, domiciliada en las inmediaciones del lugar  
del hecho, dijo que a las 23:45, siendo el día 22 de febrero del corriente  
año, vio pasar en estado de aparente agitación a su vecina nombrada como  
ña Desí, a quien conoce por ese nombre solamente y por ser su marido don  
Eusebio Lezcano, pescador como ella. Siguió explicando la testigo que con  
su hijo menor Leoncio, de 14 años, vieron que tras la citada ña Desí iba  
corriendo su hija Viviana y agregó que la mujer llevaba en brazos a su  
pequeño hijo de meses cuyo nombre no sabe pero dice sospechar que la  
madre por simaspena ni siquiera le hizo bautizar todavía.
Concluido lo  
cual, agregó que ella salió gritándole con su menor hijo Leoncio por si  
precisaba algo, pero que su vecina y la hija siguieron corriendo sin parar  
como perseguidas por el mismo diablo lo cual a su entender no sería  
extraño, pero sin responderle ni una palabra, y que la niña Viviana llevaba  
algo blanco en las manos, que a ella le pareció que eran flores pero su hijo  
el citado Leoncio la contradijo diciendo que era el pañal de su hermanito.
Preguntada sobre si quería agregar algo más, la testigo dijo que no tiene la  
seguridad pero que en realidad hacía meses no veía a su vecino el  
pescador y que oyó rumores pero que no piensa hablar de eso porque no  
viene al caso y tampoco le gusta quedar como chismosa, que lo único que  
puede decir con seguridad es que ña Desí es una madre sacrificada porque  
no tiene más remedio, que le consta que a veces hasta se ofrece para  
labores domésticas o carpido de patio, y que ella en persona suele  
comprarle algunas piezas de mandi'i para aliviarle la vida, porque nota que  
sus hijos no tienen ni qué comer.
 
Concluida la declaración de la testigo, comparece quien dice llamarse  
Santa Viviana (11 años), paraguaya, soltera,
la menor hija de doña Desideria de  
Lezcano, en carácter de denunciante. Asegura que una boa apareció en la  
orilla de la laguna y que arrastró al marido de la madre, "mi mamá me gritó  
porque a mi papá ânga le comió la kuriju kakuaa, me dijo que tenemos que  
correr y escuchamos el ruido cuando le rompía toditos sus huesos...",  
aseguró la menor, quien dijo que hablaba ella en nombre de la madre, en  
consideración de que ésta se encuentra en crisis nerviosa desde el momento en que  
vio en vivo cómo el animal nombrado como boa o kuriju salió del agua y  
devoró a su marido.
La denunciante en este punto aclara que el supuesto  
hombre devorado no es su padre de sangre, sino su padrastro.  
Tras lo cual el personal policial a mi cargo se trasladó al lugar de los  
hechos en fecha 23 de febrero del mismo año y a las 02:30.  
 
Agregado a lo cual, da fe de todo lo dicho por la denunciante el  
informe del suboficial Antonio Galeano y el conscripto Eusebio  
Peralta, quienes fueron los primeros en llegar a la laguna citada como  
Aguapé, porque encontraron a la ahora viuda y a su menor hija cuando  
ambas iban corriendo a pedir auxilio en la comisaría, y para acelerar el  
socorro fueron con ellas de inmediato al lugar. Aseguran los  
primeros intervinientes Galeano y Peralta, que pudieron comprobar que un  
cuerpo humano estaba siendo devorado por una boa, lo que no pudieron  
evitar por haberse sumergido el monstruo en momento de ver a ambos, con  
la mitad del infortunado ya en su interior y el resto, es decir las piernas  
(una de ellas todavía con bota de goma y la otra descalza) pataleando en  
estado aparente de desesperación. El suboficial Galeano informa que logró  
tomar una foto del momento que la kuriju a la que describe como la mayor  
que haya visto en su vida, se sumergió tragándose lo que quedaba de la  
víctima, o sea, el señor esposo de la denunciante, y que ésta en ese  
momento estaba en la orilla, viendo todo, gritando y con su criatura en  
brazos. La hija de la infortunada supuesta viuda también se encontraba en  
el lugar, juntando flores de camalote y sin hacer caso del llanto de su  
madre.
Siguió relatando que en su oportunidad presentará la foto de  
referencia, cuando así le requiera el juez y si le pagan el revelado  
porque el último dinero que tenía en su poder lo invirtió en la compra del  
rollo y que además sólo le quedaba una pose dado que por orden de su  
inmediato superior tuvo que tomar fotos en el cumpleaños de 15 de la hija  
del señor comisario.  
--
La madre reemplazó la vela derretida apagando con dos dedos la  
llamita chisporroteante, alisó con la palma de la mano el sebo que había  
forrado casi del todo la botella de caña y metió en la hamaca de trapo al  
nene, envuelto como un cigarro y eructante. Después la madre y la hija, una frente a la otra, machacaron con paciencia en el mortero (tum-tum-tum se oían los golpes extrañamente iguales a las de esas ceremonias de cuerpos aceitados girando sobre las llamas) los granos de maíz. La harina grumosa fue vertida por las manos duras de Ña Desí del mortero a la batea donde ya esperaban las manitas de la niña cuajadas de grasa y yema de huevo para revolver, juntar, estrujar, amasar y sobar los bollitos de maíz. Así los palos fueron trazando surcos rojizos y calientes en las manos de la madre y la hija a medida que daban vueltas -y vueltas- con su carga cremosa sobre las brasas y el fuego desprendía el aroma de los kavure que se doraban y crujían y eran por dentro una blandura que se sentía en la saliva antes de meterla en la boca.
Y frente a frente comieron, con ese silencio profundo de los que tienen el hambre a un tiro del hartazgo. Después la madre  
acomodó las bolsas de víveres, las ropitas todavía atadas con piolín, las  
cajas de velas y fósforos que les trajeron los vecinos y las damas devotas de  
la parroquia apenas se enteraron de su desgracia. Antes de dormir la niña ubicó su ofrenda de flores a los pies  
de la pequeña imagen de la Virgen y la madre chupó el resto de la leche  
azucarada que había quedado en el biberón y se frotó los pezones con un  
poco de sebo de la vela, para que no se me cuarteen, dijo despacito. Antes  
de dormir el nene sonrió por un costado de la boquita. La niña le bordeó  
con el meñique el hoyuelito: -barriguita llena corazón contento -y apenas se le oía la voz.  
-Vos callate estúpida (la madre creyó que la niña estaba hablando de la  
boa). -Mediante eso ahora tenemos para comer -la niña la escuchó pero se  
fue durmiendo pensando que si el nene se moría de la fiebre le llenaría de  
pétalos blancos todo el cajoncito y estaría tan lindo con su sonrisa de  
barriguita llena quieta a un costado de la boca y también le regalaría el  
rosario blanco y la velita de su primera comunión, para que vaya al cielo de  
los angelitos morochos listo para cuidarla a ella y a la madre desde la nube  
rosada más linda que hay (esa noche se soñó a la orilla de la aguada, con  
las manos chorreando savia mientras un niñito de boquita seca se le iba  
muriendo entre los pechos aguados y su niñito repetía sus ojos y la misma  
cara del hombre que estaba siendo devorado ante sus ojos por un  
tremendo jaguarete y ella sólo podía ver ya los pies estremecidos porque el resto era  
arrastrado a jironazos entre los altos yuyales, a la orilla de la laguna inmensa)
 
 
. Amanda Pedrozo, Paraguay

Historias de mujeres, de Norma Segades Manias (Santa Fe)

domingo, 25 de enero del 2009 a las 20:31

HISTORIAS DE MUJERES      

(Poesía)


Norma Segades Manias

 Rosa Lee Parks
 

El 1 de diciembre de 1955, Rosa Lee Parks, militante por los derechos de las personas de color, se niega a ceder su asiento de colectivo a un hombre blanco que se lo reclamaba en función de la ley. Tenía 42 años.
 Estados Unidos (Alabama)
 

Regreso arrebujada en un cansancio que llega de otras lunas,
de otros tiempos,
de otras tumbas con nombres olvidados,
de otros pies mutilados por machetes,
de otras espaldas casi desolladas por la furia del látigo infamante.
Regreso arrebujada en un cansancio que llega de otros rostros,
de otras pieles,
de otro temblor de carne con gusanos padeciendo en la entraña de algún barco
antes de ser hundido en el oleaje como ofrenda al demonio de la sangre.
Regreso arrebujada en un cansancio que llega de otros días,
de otras muertes,
de otras mujeres rotas,
degradadas por la lujuria hipócrita del amo
y su crueldad de estupros,
sodomías,
prepotencias de falo amenazante.
El autobús recorre
lentamente,
los tranquilos suburbios de Alabama
mientras me esfuerzo en recordar los sones de la canción de cuna que entonaba antes que me raptaran de mis sueños
y arrojaran al viento mi lenguaje;
antes que sometieran,
con cadenas,
la natural cadencia de mis pasos
antes que me prohibieran las miradas,
compartir las aceras,
la enseñanza,
yacer en el pesar de la fatiga sin abonar el diezmo de un ultraje.
Entonces miro al hombre que me mira reclamando una huella de obediencia
y escucho un no viniendo desde lejos,
un no seguro, sólido, prolijo,
capaz de cercenar cada cerrojo con filos de igualdad inexorable.
Y yo,
Rosa Lee  Parks,
la costurera,
ante el asombro gris de los viajeros,
aguardo por la ley
y los garrotes
y las noches de cárceles estrictas
y el murmullo de un pueblo en movimiento reclamando sus hoscas libertades.

Prefacio de Palabras Escritas Nº 6 dedicado a Clarice Lispector y Elvio Romero

domingo, 25 de enero del 2009 a las 20:28

PALABRAS ESCRITAS  Nº 6 
Dedicado a la escritora brasileña Clarice Lispector.
Esto va en la página 1 donde van las fotos del autor elegido,
 
Clarice Lispector, escritora brasileña.

<Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante>.
(Clarice Lispector, de: “Felicidad clandestina”)

_______________________________________

                                     PREFACIO

“Palabras Escritas” que fuera un sueño de don Augusto Roa Bastos continúa caminando por este rumbo de la integración entre Brasil e Hispanoamérica sorteando los mismos obstáculos que favorecieron en el pasado la incomunicación de estos dos continentes o mundos creativos.

En este número seis Milagros Ezquerro nos invita a ingresar en el mundo fantasmal de Comala con una mirada nueva y proporcionándonos nuevos elementos de comprensión para un texto tan enigmáticamente provocativo. Salma Ferraz, de la Universidad de Florianópolis descubre el personaje de Satanás en la obra del novelista brasileño Joaquín MariaMachado de Assis desde la teopoética, que es la extraña especialidad que cultiva dentro de la Literatura.
Hay cuentos de autores/as rosarinos pescados durante mi visita a la ciudad, cuando presentamos “Palabras Escritas” en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia.


Desde el próximo número dedicaremos una sección fija a la publicación de obras de autores clásicos de la Literatura brasileña desde sus inicios hasta los narradores y ensayistas contemporáneos ya que la poesía reciente de Brasil ya fue presentada en los primeros números de nuestra revista-libro. Hay muchos tesoros desconocidos en los anaqueles de las bibliotecas del Brasil, están los rastros de aquellos capitanes de la colonia que vendían un palmo de tierra ajena para ganar fronteras a las anémicas posesiones de una España que agonizaba en el ocaso del siglo XVII, están los registros acerca de exploraciones por selvas mágicas, las excursiones de bandeirantes secuestrando mano de obra a los jesuitas, las locuras que suscita el sol y la sed en los espejismos del sertão, el bullicioso desembarco de la corte Bragança en las playas de Bahía en enero de 1808, los ecos del Grito de Ipiranga que no costó una sola gota de sangre y transformó al Brasil de un reino a un imperio expansionista. ¿Qué sabemos realmente de la historia de este vecino gigantesco? ¿Cómo lo reconoceríamos en este controversial siglo XXI, si desconocemos su niñez? Como la Voz que escuchó el pescador de Galilea, cabría preguntar ¿quo vadis? Sin memoria no podríamos avanzar. Mientras nuestros gobiernos continúen debatiendo acerca de planes de integración comercial, financiera, económica, industrial, mercantil, fiscal,  fabril, productiva, reproductiva y atmosférica nosotros pensemos humildemente que los verdaderos encuentros de los pueblos se dan siempre a través de la cultura. Sin ese diálogo, todo lo demás se vuelve superficial y efímero.

Alejandro Maciel

Sobre el blog

El blog de Palabras Escritas, de Paraguay

El blog de la revista-libro PALABRAS ESCRITAS semestral que se edita en Asunción, Paraguay, con obra literaria de autores de Brasil e Hispanoamérica.
La publicación cuenta con la valiosa colaboración de investigadores, estudiosos y académicos de importantes universidades que escriben sobre obras y autores latinoamericanos.

 

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EL DIABLO EN LA LITERATURA, Salma Ferraz, Universidad de Florianópolis, Brasil. (victoria solano)
hola!!!! espero que puedan leer esto para QUE SE DEN CUENTA QUE ESTE ARICULO ES UN FRAUDE!!!!!! ......(15 oct)
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