Poetas cubanas de la diáspora, por Aimée Bolaños
Poetas cubanas de la diáspora, un fulgor sin fronteras
Aimée G. Bolaños
En su propuesta de una nueva literatura comparada planetaria, superadora de la global con sus centros y periferias, Gayatri Spivak reconoce que en esta época de triunfante capitalismo mantener viva la responsabilidad de la lectura y enseñanza de los textos culturales parece, a primera vista, impracticable. Sin embargo: “The ‘planet’ is, here, as perhaps always, a catachresis for inscribing collective responsibility as right [...] It is such collectivities that must be opened up with the question ‘How many are we?’ when cultural origin is detranscendentalized into fiction – the toughest task in the diaspora.” (Spivak, 2003: 101).
Incitada por esa manera de pensar y preguntándome sobre el sujeto ficcional que se crea en una poética de conciencia diaspórica, leo a autoras de la diáspora cubana: Juana Rosa Pita, Magali Alabau, Maya Islas, Alina Galliano, Carlota Caulfield y Odette Alonso (1). En verdad, la lectura que sigue es apenas un intento de autoesclarecimiento, una forma asumidamente personal de relacionar un conjunto de textos para intentar contar, armar una trama.
Como punto de partida subrayaría la diversidad irreductible de esta poesía, tomando las palabras de Jesús J. Barquet:
Iniciada en 1959 y conocida con nombres diversos y polémicos como exilio, emigración o destierro posrevolucionario, dicha diáspora, aún vigente, cuenta con un vasto corpus poético que no permite ser concebido como una entidad cerrada, uniforme y unifocal, puesto que se trata de un corpus dinámico y multiforme en temas y estilos, con múltiples focos de producción dispersos por el mundo (los Estado Unidos, España, México, Francia, Venezuela, Chile, República Dominicana, Puerto Rico, Colombia, Suiza, Sudáfrica, Inglaterra Suecia), corpus que desde los años setenta vive en constante renovación y enriquecimiento producto de las sucesivas emigraciones de poetas ya formados en la Isla y de los también sucesivos brotes de autores “autóctonos”, es decir, los formados literariamente fuera del país o que publican sus primeros libros ya en el destierro. (Barquet, 2002: 20).
Odette Alonso, por su parte, argumenta que nuestra diáspora contemporánea está dividida en tres grupos: los que dejaron la Isla durante los primeros anos de la Revolución, el éxodo de El Mariel en 1980 y las migraciones que se suceden desde fines de la década del ochenta hasta hoy. Sin embargo, precisa, en las mujeres poetas esta división da un salto temporal. Después de la gran migración de los años sesenta y setenta, la hornada más significativa sobreviene a finales de los ochenta y las décadas siguientes, de manera que, para su estudio, es fácil identificar sólo dos grupos: antes de la Revolución y de finales del ochenta hasta hoy (2).
Al entrar en el discurso femenino de la diáspora, vale recordar que si la cultura moderna ha consagrado el protagonismo del individuo, con el discurso de la alta modernidad es que estamos en el tejido imagético de la persona, en la que la identidad está asociada al desempeño de roles ficcionales sucesivos o simultáneos.
En la poesía de la diáspora, las escrituras del yo son recurrentes y las imágenes de persona, con frecuencia autorreflexivas, funcionan como operadores con vida propia del sujeto de la enunciación, no solo en sentido genérico existencial, sino también en su figura de autora, inscrita explícitamente en sus espejos-libros, como Vicent Colonna destaca al definir la autoficción especular: “Reposant sur un reflet de l”auteur ou do livre dans le livre, cette orientation de la fabulation de soi n’est pas sans rappeler la métaphore du miroir […] le miroir fut une image de l’escriture au travail, de sa machinerie et de ses émotions, de son vertige aussi” (Colonna, 2004: 119). Pero a la par que se miran en el espejo para fundarse y transformarse, esas poetas proyectan sus espejos en el espacio de multidireccionales sentidos temporales, lo que crea una notable diversidad de cronotopos y estrategias discursivas. Un poema expresivo es “Londres, cualquier día”, de Carlota Caulfield, que refleja esa dinámica propia de la subjetividad diaspórica, aquí explícitamente híbrida y de artista viviendo su pasión por las palabras:
Me he paseado por todo Londres
con mi viejo abrigo de cuero negro
y un sombrerito de tela, torcido en los bordes.
De mí nadie sabe nada, sólo que soy una poeta en tránsito,
que hablo inglés con cierto acento indefinido,
Y que mi nacionalidad es confusa
[…]
Lo que quiero es empaparme de arquitecturas y panoramas.
Ver cómo la gente se amontona en los cruces de calles,
cómo los monumentos cambian de forma,
y cómo reúno fuerzas para poder regresar a mi hotel,
y cambiarme de ropa en diez minutos y volver a hablar de poesía. (Caufield, 2003: vii)
De manera reiterada esa condición viajera marca el yo discursivo. Particular relevancia alcanza el viaje transcultural, tan expresivo de la conciencia diaspórica. Y valdría recordar que si toda diáspora implica, al menos, un viaje; el viaje, como clásica metáfora de la modernidad, no resulta necesariamente una experiencia diaspórica. Tal vez por eso, el sujeto de la enunciación de Juana Rosa Pita, dice: “Yo no escribo libros de viaje/ como suele hacer el que tiene las raíces/ para siempre adheridas a su tierra. […] Por eso de viajes ahora no escribo/ sino de la maravilla de pertenecer a un vínculo” (Pita, 2005:73).
Caren Kaplan llama la atención sobre diferentes entendimientos de viaje y desplazamiento, modalidades discursivas metafóricas vinculadas a etapas de desarrollo de la modernidad tardía y precisa que la noción del sujeto cosmopolita de la diáspora emerge en el criticismo europeo-norteamericano a partir de los años 80 (Kaplan, 1996:122). Por su parte, Atvar Brah piensa la diáspora postcolonial como expresión de movimientos migratorios generalizados, inherentes a las nuevas configuraciones transnacionales del capitalismo tardío. Caracterizada, como toda diáspora, por la dinámica dispersiva a partir de un locus originario, no siempre la idea del retorno al país natal es determinante en la diáspora contemporánea. El deseo de hogar no equivale al deseo de volver al lugar de partida. Interesa no solo de donde se partió, sino las formas de desplazamiento y la proyección en comunidades imaginadas que se integran entre la identidad y la alteridad, en contacto con otras prácticas culturales. El sujeto diaspórico se transforma en el viaje transcultural, síntesis simbólica de un conjunto de experiencias viajeras, modificando también los espacios que transita. En esos contextos-praxis actúa el escritor de la diáspora postcolonial, indicativo de la paulatina disolución de la nación-estado a favor de un nuevo tipo de pluralismo, que debiera distinguirse del multiculturalismo liberal, estandarizador o exótico, legitimante de las culturas metropolitanas (3).
En correspondencia con la compleja trama de la diáspora, las autoras cubanas se reconocen poetas en tránsito. Como tales circulan en diferentes zonas del saber y entre variadas culturas, pueden estar entre de donde se partió y adonde aún no se ha llegado. En ese rico y contradictorio intervalo, en ese estar entre se forman como seres itinerantes, como viajeras memoriosas que tejen los numerosos imaginarios en el matizado telar de su diáspora.
Con tan proliferantes signos identitarios aparece el sujeto diaspórico de Juana Rosa Pita en sus rescrituras míticas. La autora hace viajar a Penélope, figura transgresiva clave. Y sus viajes tienen la constitución metaficcional de la escritura que, en medio de la crisis, defiende el poder genésico y liberador de la imagen:
No basta con tejer para la espera
es preciso viajar: volar la pluma
por la ternura encuadernada en sueños:
chalupa más sutil
cóncava y ágil
que las viriles naves de Ulises
intermitentemente prisionero.
Madre isla que estás venida a remos
convertida en solar de pretendientes:
infundiendo los viajes
¿quién guardará tus playas de naufragio?
“Penélope no está: queda su imagen” (Pita, 2003: 59)
Recobrando sentidos a la busca de sí como otro, en el camino hacia nuevos significados metafóricos del viaje, el discurso de Juana Rosa Pita en su conjunto, y no como excepción en la poesía de la diáspora, opera con transmigraciones culturales de filiación universal, en las que las reconfiguraciones de la cultura de origen y la evidencia de una genealogía poética cubana, acaso Martí, Dulce María Loynaz, Lezama Lima (4), también son principales.
Al inventar espacios y desmarcar fronteras, las autoras trazan una singular cartografía ficcional en la que los mapas exteriores e interiores se presuponen. Por consiguiente, cuanto más miran y describen, más intensamente viajan a su interior, y viceversa. En su cuestionamiento de la modernidad tardía, que contempla un mundo que se desvanece, el yo instaura diversas miradas, se muestra y reconoce como un sujeto en movimiento de inconstantes significados. De ahí la presencia también protagónica del espacio, topo no solo de encuentros, anagnórisis y epifanías, sino de dramáticas vivencias da soledad y desarraigo, alegóricas del oficio y el exilio. A partir de fragmentos y vestigios, donde se pueden leer las diferentes estancias del viaje inacabado, hasta remontarse al omnipresente punto de partida, Odette Alonso configura un poema, que de modo significativo titula “Errancias”, compuesto por intensos contrapuntos espaciales, a la par, históricos-temporales:
Noches aquellas de la isla
en que el viento colaba su dolor por las hendijas
y el hedor en oleadas nos llegaba del mar.
Fue también el amor invento de esos años
dibujo que supimos pudriéndose en la taza.
Vacío está el buzón de los silencios
tampoco pude ser el buen amigo
ni el hombro de llorar las maldiciones.
Por encima del túnel se empinan las agujas
se pudren los poemas si los echo a esas aguas.
Intento una señal desde las nubes viejas
que acorte la pared definitiva.
Brilla revuelto el sol
atraviesa la isla
deja un olor a café recién colado. [Inédito]
Sobre los espacios que la poeta intenta habitar y por ellos es habitada, las heterotopías se desarrollan como mapas propios que conectan espacios incompatibles, creados por la memoria como artificios ficcionales y actúan sobre el lenguaje que deberá experimentar otras sintaxis del movimiento y lo inconexo, lo fugaz e intangible. Así las heterotopías aparecen como espacios del imaginario, oníricos, proyectivos, con frecuencia marginales, clandestinos, de conflictos, omisiones, ausencias, en los que hasta se reinventa el país natal. Constituyen refugios míticos donde los sujetos diaspóricos se encuentran en una memoria compartida, habitada desde adentro por las más complejas ficciones de la identidad.
Particularmente expresiva en relación a las heterotopías es la poesía de Magali Alabau, orientada hacia el lenguaje, tal vez única praxis vital con sentido. En Sister/Hermana, la trama fundada en el conflicto trágico, junta los espacios en esencia indiferenciados del metro newyorkino y el manicomio de la Isla, donde se proyectan las imágenes especulares del yo y el tú:
Mi hermana ahora cuerda
se sienta riéndose de mí.
No entiendo
¿Cómo has llegado?
¿Sin maletas?
¿Cómo? ¿No has envejecido?
¿En qué tren?
Has envejecido
gateando la pared.
Toma esta soga.
alguien tiene que aguantarla.
La soga de mi cama
te servirá de escalera.
Sonríe hermana mía,
estás en New York. (Alabau, 1992: 48-50)
Hemos llegado a Ilión, estructurado y a la vez desconstructor del motivo del regreso, ficcionaliza un viaje de vuelta al país natal y las desgarradoras maneras de ser extranjero en la propia casa, actualizando la pregunta, ya presente de Edgard Said, de ¿a qué hogar regresa el sujeto diaspórico?, sujeto más complejo y ambiguo que el viajero clásico. De intensa perturbación histórica e íntima, este poema épico-mitológico-autoficcional se concibe como una odisea contestataria que representa los desastres de una guerra interminable. Troya se sobrepone a Ítaca:
Yo soy el atrapado entre las lápidas
también soy el verdugo que lapida.
No hay palabras que alcen su voz en mi defensa.
Estoy en la ciudad henchida de gris y de presente.
[… ]
¿Por que me obligas a ver estos destellos que fueron cuerpos
y ahora pasean por estos cerros de cal, terribles cuencas?
¿Por qué estos rostros quieren emponzoñarse conmigo?
¿Quién profana la voz de los que lloran los muertos?
¿Cómo expresar esta penuria, cómo ser testimonio y testamento?
Están las puertas a punto de cerrarse.
Amiga mía, compañera del alma,
me han condenado a vagar por estas calles. (Alabau, 1995: 24)
Las ciudades, de tan variado formato y tesitura imaginal, funcionan como figuraciones cosmológicas metonímicas que muestran una peculiar dialéctica de lo pequeño y lo grande, de lo literal y lo simbólico. Ciudades que, a su vez, encapsulan las casas de la historia familiar, piezas claves en un imaginario de presencia-ausencia. El tropo de la casa, como modo de nombrar familia, estirpe, espacios simbólicos, recurre en la poesía, y no solo cubana. En esas casas hay espiritual y están habitadas por la historia, dotadas de variados sentidos antropocósmicos. Espectadoras de la propia vida y espectáculo son el teatro de los perfomances personales. Así, casa y viaje dialogan con renovados significados en la poesía de Carlota Caulfield:
Aimée y yo no hemos encontrado el primer laúd del mundo,
aunque lo hemos buscado minuciosamente,
yo en mi francés infantil, y ella con su suelta lengua belga.
Pero sí hemos descubierto un tesoro arquitectónico y sentimental:
casa de mi abuelo, alta blanca, huesuda como un animal prehistórico
en buena forma.
Y como yo soy casi especialista en reliquias
una sentimental casi de telenovela, me puse a llorar de alegría;
casa, morada, palacio señorial que albergó la diáspora de los míos,
en un París de excepciones y gestos. (Caufield, 2003: XV)
A diferencia del flaneur de la modernidad, y aunque comparta su genésica mirada, el vagabundeo del sujeto cosmopolita de “Rue de la Messine 10” le permite recuperar restos de su biografía y, con ello, dejar su marca personal en la trama metropolitana. La autoficción, aquí inclusiva de la parodia del sujeto sentimental del romanticismo, descansa en una genealogía que descubre pertenencias en el desplazamiento y transforma la anomia del paisaje metropolitano. La mujer que habla, observadora apasionada del movimiento de la ciudad fulgurante, encuentra en ese paisaje no cualquier morada, sino la de su diáspora. Y vale la pena reparar en la imagen, donde conviven la diseminación y la fijeza, tan propias de la conciencia diaspórica, animada de un doble movimiento: excéntrico hacia el mundo y de convergencia, no importa si mitologizante, que busca hogares fuera del hogar. Finalmente el exilio del flaneur, deviene epifanía vinculada a las percepciones y saberes del sujeto errante.
Y con la casa, el cuerpo de las autofundaciones, espejo interior, donde se inscribe el espacio íntimo mínimo en las dimensiones vastas de la cultura, muy patente en el discurso de Alina Galliano que crea singulares mapas eróticos-culturales con sus variaciones del topo del cuerpo como espacio cosmológico e identitario. Sinestésico y dialógico, su yo inagotable (así se autodefine en Inevitable sílaba, libro inédito), desenvuelve una liturgia de sacralización. En el trasiego de otras culturas y la actualización mítica de la originaria, da vida a sus signos identitarios mutantes que se corporifican en la falta (“la otra boca en mutación, el hambre que come espejos”), dando forma a una experiencia sensual y espiritual sin límites de transmutación simbólica en la imago, acaso el poema II de En el vientre del trópico, uno de sus textos más originales:
Por semanas enteras he tratado
de sostener
entre saliva y lengua
las posibilidades de un caimito,
pero los dientes
carecen de memorias,
viven en desidencia
con el trópico,
son incapaces de atravesar
los meridianos del sabor, su furia,
que trajinando el paladar
conversa con un proyecto de pulpa
en coito perfecto
con mis muelas.
Entonces desde aquí
soy la otra boca en mutación
que puede lo mismo
que un manglar bordear la Isla,
definiendo los paralelos del olor,
marcando
la zona donde el hambre come espejos. (Galliano, 1994: 24)
La poesía surge recordando, la memoria ficcional que no solo compone, sino escande e inventa, crea otras alternativas del ser, con otras formas de persona en inventivos juegos de mimesis y transformaciones seudoautobiográficas, míticas y hasta heterónimas, como relevantemente muestra Alina Galliano con sus recreaciones del panteón yoruba, Juana Rosa Pita en la reinvención de Eurídice y Penélope o Carlota Caulfield, quien apela a los más variados arquetipos míticos.
Al identificarse con las formas del movimiento autogenerativo de la memoria, la poesía deviene un saber, un conjunto de técnicas. El discurso autoficcional, de rastros y claves, se relaciona con el discurso del viaje, representando el paso lúcido y delirante hacia todas partes que la memoria documenta e imagina. La voz autoral crea una ambivalente existencia especular: autoexpresiva y contextual, de introspección y exteriorista, más allá del narcisismo autorreferente, simultáneamente de sí y el otro, por tanto relacionales y, en la que el poema funciona como un mecanismo de producción de significados, como una experiencia performativa que interroga a nivel de lenguaje los mecanismos de constitución de esos sentidos de identidad.
Las reminiscencias y prospecciones, las heterotopías y los diversos espejos, hacen del poema un jardín de senderos bifurcados, es decir, un artificio de espacialización y temporalización, sin fronteras fijas o estables, donde transita el sujeto transnarcisista, aquel proyectado en su trabajo creador, a veces de cura y renacimiento a través de la escritura, cuando “L’écrivain est habité par l’oeuvre à venir” (Harel, 2000: 30). La escriba es sorprendida en el instante iluminado de la escritura, al inscribir y escribir con autonomía, hasta de sí misma, sus signos identificadores en el libro de la memoria, registrando las formas fluctuantes de su ser creador.
De esa manera aparece en la fabulación autorreflexiva de Maya Islas, transgresora del autorretrato autónomo o clásico, porque más que representarse, fabula el paso de lo visible a lo invisible, de la existencia a la visión, en una autoficción especular contentiva de una imagen doble y reversible. El poema se concibe como una abertura en abismo o reflejo especular de la mujer artista que lo escribe y en el momento de su idealización, cuando de modo visionario está rehaciendo sus identidades:
Mientras escribo, sigo un túnel
donde la mujer me espera
para quemarme la ropa en un instante de verdad.
Ya desnuda,
desciendo al mundo de los que oyen;
me quito la pasión, los zapatos de tierra,
el poema me espera extendido en el mar,
como yo,
busca un país sin encontrarlo.
La mujer y su traje de luz
me reciben en su cuerpo imaginario.
En su vientre,
crecemos como dos flores intensas,
dos estados de mente,
dos retratos. [De El Viaje de una Mujer Sola, inédito]
Las imágenes autoficcionales de la artista son propuestas en abierto y aluden a una personalidad proteica e genésica que nos remite al concepto kristeviano de “sujeto en proceso”, alusivo a una condición fluyente, inacabada, de la persona que habla y escribe. Pero el dispositivo autoficcional está también abierto a la alteridad, contiene una pluralidad de visiones y experiencias porque: “Para muitas mulheres migrantes, a questão de identidade se apresenta em relação ao movimento rumo à pluralidade, uma pluraridade cujas raízes podem se desenvolver mesmo no desenraizamento, na ambivalencia, as vezes, e, sobretudo, na capacidade de sair do luto, quer ele seja do país, da segurança unicultural, de um amor” (Lequin, 2001: 285.) De esas trayectorias cruzadas, procesuales, resulta una poética dialógica que trabaja la dialéctica de identidad/alteridad, inclusiva de la diferencia, de “fronteiras veladas que não separam finalmente, mas são também places de passage” (Hall, 2003: 33).
Evidentemente, se trata de una estética que va más allá de la concepción binaria de la diferencia de predominante referente nacional. La propia condición diaspórica, en sus productiva tensión entre dispersión y orígenes, no puede ser el polo opuesto de la nación y la nacionalidad, no supone distancia o pérdida irrecuperables, sino un signo de movimiento multiforme en el espacio heterotópico, marcado por contradicciones y antagonismos, en intensa interrelación con los otros que están no solo en el espacio multicultural de los tránsitos, sino en el propio sujeto diaspórico. Así, la poética no es de retorno, ni de redescubrimiento arqueológico o restauración; por el contrario, se constituye como de producción cultural. Patria, tradiciones, cultura matriz no están apagadas. Junto a la memoria realista y mitologizante, patente en la recurrencia del paisaje y la sociedad insulares, la lengua, la infancia, la familia, incluyendo de manera sobresaliente las relecturas de la cultura y filiación literaria, aparecen otras formas de representación expresivas de la consumación del luto por la pérdida del “lugar” originario y de la aparición de nuevas formaciones identitarias en una rica experiencia de metamorfosis, como en la imagen poderosa de Nuevos sorbos de luz, cuando el sujeto poético de Juana Rosa Pita dice: “Se nace en un país/ y en otro se renace./ Nos cría un fulgor sin fronteras”. (Pita, 2003:133)
En ese fulgor sin fronteras de la creación, sobresalen los sentidos de la escritura que puede concebirse, a partir del autoconocimiento, como el testimonio de una conciencia ecuménica que se instaura de modo autorreflexivo y simbólico, tan ostensible en “Ciudadanía sutil”, poema en el que Juana Rosa Pita piensa el exilio ontológico y la condición migrante a la par contemporánea y supratemporal. De irradiante metaforización conceptual, el poema, que parece dialogar con el anterior, es concebido en la productiva interacción de filosofía/poesía:
Cualquier sitio es un distrito del exilio
total de la existencia a oscuras.
La patria es solamente un espejismo
precoz, y persiste reverberando
con gracias mil de oasis,
aunque ya degradada, en el recuerdo.
Pertenencia raigal da el aire nuestro:
pan de nosotros, de la estrella el vino.
Secreto nuestro rastro por la vida
como el de garzas y gacelas.
Nadie ni nadie puede separarnos:
todo exilio menor es ilusión. (Pita, 2005:30)
De filiación postmetafísica, la poética del tránsito crea nuevos modos de tercera posición inclusiva y translaticia. Los textos muestran amalgamas, alusiones, funcionan por asociación y transformación, modelan una lectura que transcurre en zonas de contactos, de forma que nosotros, lectores, también solo podremos configurarnos en el tránsito. Ostensiblemente se componen en el cruce de diferentes tipos de discursos, relativos al género, también a sus fuentes y registros, para trabajar las maneras con las que el lenguaje participa en la configuración estética de sujetos discursivos fragmentarios y performáticos, como pudiéramos ver en “La furia de la cámara”, cuando la poeta se autorretrata en la ambigua objetividad de sus reflejos multifacetados:
Ella es una mujer.
Está aquí
(y escribe poemas)
Ella se arma
(y se desarma)
como en un rompecabezas.
Ella mira hacia la cámara
(y oprime el obturador) (Caulfield, 2003: 67)
Entre memorias y proyecciones, las poéticas autorales contribuyen a transformaciones de género, sobre todo relativas a la ficción cultural de sí mismas, inédita autoficción de la mujer artista (Künstlerroman), en la que, tal vez, la escritura es la única matria. La artista aparece como figura central, construyendo sus identidades en la continuidad de vida-creación, que también supone dilaceraciones, saltos, metamorfosis en función de pruebas numerosas, relectura poética de la novela de pruebas (Prüfungsroman) en situación de diáspora, todo lo cual permite hablar de identidades narrativas, construidas en y por el dispositivo poético.
La mujer artista del discurso no se constituye en la oposición de lo metropolitano y marginal, se reconoce y celebra como confluencia de modos de percibir el mundo donde las significaciones humanas, culturales, artísticas fluyen en la contradictoria armonía de la poesía. De ahí, la ficción intensa y asumida, la metapoesía performativa que focaliza el instante de escritura y la figura autoral, con sus numerosos nombres y espejos, desde icónicos hasta mitológicos, en una dominante textura meta y autoficcional especular que, formando una red hipertextual, libremente y en diferentes direcciones, conecta a las autoras en un discurso poético e de poética. En esta red, la palabra personal genera una notable pluralidad tonal y múltiples identidades artísticas.
Considerando que la experiencia diaspórica postcolonial no es una excepción, sino corre paralela a diferenciados procesos de identificación, y sin querer transformar los márgenes en un nuevo centro que perpetúe el pensar dicotómico y jerarquizante, es posible entrar en otros mundos de la literatura cubana actual, acceder a diversos cánones, en la variedad de prácticas creativas y receptivas relacionadas entre sí, y no a un canon hegemónico en permanente tensión con la diáspora.
Para escribir las multiformes travesías, la visión del sujeto es transgresiva. Posnacional y posfeminista parece ser. La idea de nación y de mujer de la historiografía moderna no encaja en esta poética, ni la convencional de literatura cubana del exilio. Por tanto, historia de la literatura y género, aún tienen mucho que decir en la crítica del pensamiento ontoleleológico, sobre todo, en lo que respecta a esencialismos y prácticas de exclusión.
Inmersas en sus formas de asumir y ficcionalizar la errancia, las poetas ensayan otros accesos epistemológicos al conocimiento del mundo. Al participar en una genealogía cultural y poética ostensiva o soterrada, proclamada o tácita, pero no menos influyente, la poesía de la diáspora nos convida a leernos en los desplazamientos, disyunciones y confluencias que nos constituyen, destrancendentalizandos los orígenes, ardua tarea de estos tiempos postodo cuando para júbilo de no pocos, la poesía reverdece.
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Notas
(1) Entre los libros más representativos se encuentran: Cantar de Isla (2003), que constituye una antología, y Pensamiento del tiempo (2005), de Juana Rosa Pita; Hermana/Sister (1992) e Hemos llegado a Ilión (1995) de Magali Alabau; Merla (1991) y Quemando luces (2004), de Maya Islas; En el vientre del trópico (1995) y Otro fuego a liturgia (2007) de Alina Galiano; Autorretrato en ojo ajeno (2001) y Movimientos metálicos para juguetes abandonados (2003), A Mapmaker’s Diary (2007) de Carlota Caulfield; Insomnio en la noche del espejo (2000) y Cuando la lluvia cesa (2004), de Odette Alonso.
(2) Odette Alonso presenta su elenco en sucesión temporal:
Antes de la Revolución y década de los sesenta y setenta: Pura del Prado, Ana Rosa Núñez, Amelia del Castillo, Juana Rosa Pita, Mercedes Cortázar, Rita Geada, Gladys Zaldívar, Mireya Robles, Marta Padilla, Nivaria Tejera, Uva de Aragón, Lourdes Gil, Maya Islas, Alina Galliano, Irradia Iturralde, Isel Rivero, María Elena Blanco, Magali Alabau, Lilliam Moro, Laura Ymayo Tartakoff, Carlota Caulfield y Belkis Cuza Malé, entre otras.
De finales de los ochenta hasta hoy: Minerva Salado, Chely Lima, Daína Chaviano, Cira Andrés, María Elena Cruz Varela, Elena Tamargo, Damaris Calderón, María Elena Hernández Caballero, Sonia Díaz Corrales, Odette Alonso, Zoe Valdés, Aimée González Bolaños, Lucía Ballester, Rita Martín, Alessandra Molina y Lídice Alemán, entre otras.
En medio de ellas, como puente, las cubanoamericanas, que por su complejidad identitaria merecen un estudio individualizado. Entre ellas podemos mencionar a Lourdes Casals, Ruth Behar, Achy Obejas y Carolina Hospital. (Alonso, 2005)
(3) Ver el esclarecedor capítulo “Diáspora, border and transnational identities”, p.178-210, en
Cartographies of Diaspora. Contesting identities, de Avtar Brah.
(4) En opinión de Ambrosio Fornet: “el último de los tres problemas que creo que me plantearía, sería el que llamé de pertenencia de la identidad cultural en el sentido estrictamente cultural y literario; es decir, para juzgar, —estoy hablando siempre desde el punto de vista crítico— una manifestación literaria específica concreta yo no tengo mas remedio que remitirme al conjunto de esa literatura […]Yo creo que en toda obra de literatura cubana hay una especie de trama intertextual que le permite a uno decir “Esta obra no sale de…, ni tiene influencia de…, ni proviene de…, ni copia a…, pero tiene detrás a Heredia y a Martí y a Lezama y a Carpentier, o a Onelio Jorge, o a Nicolás.” ”Ver: Intervención en la mesa redonda “Literatura y Emigración”. Retirado de Internet 2 de diciembre, 2006. http://laventana.casa.cult.cu/modules
Este trabajo constituye una versión abreviada de “Um ulgor sin fronteras”, ensayo del libro Poesía insular de signo Infinito. Una lectura de poetas cubanas de la diáspora. Madrid: Betanica, 2008.
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