Los peligros de las misas
<!-- /* Font Definitions */ @font-face {font-family:Georgia; panose-1:2 4 5 2 5 4 5 2 3 3; mso-font-charset:0; mso-generic-font-family:roman; mso-font-pitch:variable; mso-font-signature:647 0 0 0 159 0;} /* Style Definitions */ p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal {mso-style-parent:""; margin:0cm; margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:12.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 {size:612.0pt 792.0pt; margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; mso-header-margin:36.0pt; mso-footer-margin:36.0pt; mso-paper-source:0;} div.Section1 {page:Section1;} -->
(DE LO QUE ACECHA EN LAS PARROQUIAS)
Reconozco que soy algo aprehensivo, por eso tomo las máximas precauciones que me permite la convivencia diaria.
Dejé de comulgar cuando el doctor Morales le recomendó a tía Neria que evitara las harinas por la diabetes. A ver si el Vaticano, me dije, se ocuparía de pagarme el día de mañana la fenformina que deberé recibir “quo at vital” para controlar los azúcares, como sucede con la pobre tía Neria que de tanto ir a misas y comulgar harinas, terminó diabética. Además don Honorio siempre contaba que cierta secta de fundamentalistas islámicos había saboteado la sacristía de la catedral para impregnar las hostias con sucedáneos opiáceos que terminaron provocando una especie de catalepsia en los fieles. Uno nunca sabe lo que puede contener un inocente alimento espiritual hecho de materia, siempre propensa a las impurezas y los vicios.
Mi sobrinita Camila empezó a comer papeles a los dos años. Con toda naturalidad, como si fuesen tostadas, iba engullendo las boletas de servicios que dejaban en el hall de la casa de mi hermana. Camilita abría los sobres para devorar facturas contables, cartas, volantes de publicidad y hasta recibos que dejaban a mano. Aunque mi hermana se lo prohibía terminantemente, alarmada por el pediatra, Camila no cambió su dieta. Ocultando su apetito detrás de bostezos y sonrisas amables, seguía comiendo en secreto cuanto papel conseguía.
Mi hermana primero, mi cuñado después trataron de persuadirla explicándole los riesgos, enfermedades, pestes y maldades que la esperaban si continuaba alimentándose de papeles. Aunque Ca,ila siempre asentía todo fue finalmente en vano.
Así empezó la “guerra papelera” entre la familia y mi sobrinita.
Los padres empezaron a prohibir la entrada de toda especie de papel en la casa. Los envíos de las facturas de servicio fueron desviados a la oficina de mi cuñado, zona libre de Camilas. Antes de entrar en la casa familiar cada pariente, amiga, empleado era prácticamente requisado buscando desesperadamente los papeles que portara por inocentes que parecieren; el hambre de Camila no discriminaba entre boletos del transporte, pañuelos de tisú o envoltorios de un alfajor. Todo debía depositarse en un armario de seguridad que estaba a la entrada, cerrado con siete llaves.



